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Lunes, 11 de Diciembre de 2017

Automatismos mentales y psiquiatría

Se trata de una vivencia que irrumpe súbitamente en la conciencia y durante la cual el sujeto tiene la viva impresión de que la escena que registra su mente en ese instante, ya la ha percibido otra vez de forma exactamente igual: «esta misma situación, tal como está ocurriendo ahora… todo igual, ya lo he visto o vivido con anterioridad». De ahí el término «ya visto» (en francés, déjà vu) con que se la conoce o, también, «ya vivido» (en francés, déjà vécu), puesto que es como si se reviviese algo que ya ha ocurrido anteriormente de forma idéntica.

Henri Bergson, en un interesante artículo consagrado al estudio de este fenómeno que titula El recuerdo presente y el falso reconocimiento, describe así esta experiencia psíquica:

“Bruscamente, mientras se presencia un espectáculo, o mientras se participa en una conversación, surge la convicción de que ya se ha visto lo que se está viendo, se ha oído lo que se está oyendo y se ha dicho lo que se está diciendo —La convicción de que se ha estado allí, en el mismo lugar, en las mismas situaciones, oyendo, percibiendo, pensando y queriendo las mismas cosas—. Es la convicción de que se vuelven a vivir, hasta en sus menores detalles, algunos instantes de la vida pasada.”

Según Bergson, la vivencia de déjà vécu va asociada siempre a ese sentimiento de extrañeza que acabamos de describir hace unos instantes como característico de toda vivencia epiléptica:

“No es raro entonces que se perciba el mundo exterior bajo un aspecto singular, como en sueños; uno se vuelve extraño para sí mismo, se está próximo a desdoblarse y a presenciar como simple espectador lo que se dice y lo que se hace.”

En efecto, el falso recuerdo se acompaña siempre de esos rasgos de subitaneidad, intensidad, claridad y extrañeza que hemos descrito como característicos de la vivencia epiléptica. De hecho para los epileptólogos estas alteraciones paroxísticas de la memoria constituyen la expresión de una crisis parcial, como expresamente señalan Devinsky y Luciano:

“El déjà vu es un sentimiento paroxístico de familiaridad que, podemos encontrar nada menos que en la mitad de la población normal, pero que igualmente puede ser concebido como una crisis parcial simple.”

Del contenido de esta cita se desprende que el déjà vu, independientemente de que pueda ser considerado como expresión de una crisis epiléptica, aparece además en el cincuenta por ciento de la población normal. Es lógico, pues, que no haya acuerdo respecto a si estos falsos recuerdos han de ser considerados siempre de naturaleza epiléptica o cabe interpretarlos, además, como algo fisiológico y normal.

Para R. Porter, pese a la diversidad de condiciones en las que aparece,

“continúa tendiéndose a considerar los fenómenos de déjà vu como altamente sugestivos de una descarga epiléptica”

Otros autores, en cambio, reservan el diagnóstico de epilepsia sólo para aquellos casos en los que la vivencia dismnésica se acompaña del correspondiente registro electroencefalográfico patológico.

No parece lógico que un fenómeno tan elaborado y tan complejo —y al tiempo tan preciso— como el déjà vu, y que se repite siempre de un modo tan inconfundiblemente igual, pueda ser catalogado como epiléptico, o como normal, únicamente en función de un trazado electroencefalográfico, máxime teniendo en cuenta la escasa capacidad resolutiva de dicha técnica exploratoria. Parece más propio  fiarse de las características clínicas que ostentan siempre estas sensaciones de «ya vivido»: surgen de forma súbita e imprevista en nuestra mente y se imponen en ella con fuerza y de forma automática durante unos breves instantes.

Si nos atenemos a la clínica deberíamos inclinarnos por la opción apuntada por Porter: el déjà vu, con o sin electroencefalograma, como una descarga parcial simple. El gran problema que se nos plantea entonces es que en ese caso deberíamos asumir que nada menos que la mitad de la población es epiléptica. Volveremos sobre estas cuestiones más adelante.

En algunas ocasiones, mientras está experimentado el déjà vu, el sujeto tiene la impresión de que puede predecir lo que va a ir sucediendo a continuación inmediatamente antes de que realmente ocurra, lo que le confiere a toda la vivencia un fuerte sentimiento de clarividencia, como nos recuerdan Devinsky y Luciano:

“Debido a que los pacientes tienen la impresión de que saben exactamente lo que va a ocurrir a continuación, frecuentemente se asocia una experiencia de clarividencia.”

Un ataque de pánico consiste en un acceso agudo de angustia y terror que se adueña de la conciencia con tan repentina intensidad, que el sujeto tiene la impresión de que está perdiendo el control de la situación y que se va a producir un desenlace fatal de la misma, ya sea en forma de locura o incluso de muerte. Se acompaña de una fuerte descarga de adrenalina con las consiguientes manifestaciones neurovegetativas de orden adrenérgico: taquicardia, aceleración de la respiración y, frecuentemente, dificultad respiratoria, sudoración, temblores musculares que afectan sobre todo a las manos y a la voz, pero que pueden afectar incluso a las piernas y todo el tronco, etc. Cuando son repetitivos se diagnostican como trastorno de pánico. En este caso el sujeto experimenta una repentina inhibición psicomotriz que le deja casi paralizado, y prácticamente imposibilitado para realizar cualquier tarea, inhibición que se acompaña de un intenso sufrimiento psíquico: aquí la vivencia afectiva predominante es un lancinante dolor mental que invade la conciencia por completo. Este intenso sufrimiento, aparentemente inexplicable, suele justificarlo el sujeto como consecuencia de la inhibición que han experimentado sus facultades psicomotoras, la cual le sume en una inactividad torturante de la que se culpa amargamente: a penas siente energía para moverse, cualquier mínima actividad supone un esfuerzo titánico, el pensar o el recordar se vuelven tareas casi imposibles,  todo cuanto discurre por la mente es de carácter intensamente doloroso. Estas vivencias hipersincrónicas, todas ellas de carácter penoso, constituirían la base neurobiológica de las depresiones recurrentes, es decir, de esas etapas más o menos duraderas de depresión las cuales vendrían inicialmente desencadenadas por estos automatismos epilépticos, frecuentemente de carácter estacional, a los que se añade luego una elaboración psicológica que, a modo de retroalimentación, va enlazando entre sí estas hipersincronías y, de este modo, confiriéndoles ese carácter de sufrimiento continuo y duradero propio de las fases depresivas recurrentes. Se trata de repentinas e inexplicables accesos de exaltación psicomotriz, con alegría inusitada y gran expansividad: contrariamente a lo que ocurría en el caso anterior, ahora las facultades psicomotrices experimentan todas ellas una fuerte exaltación y facilitación extremas, sin causa aparente que lo justifique: los pensamientos y recuerdos surgen a gran velocidad y todos ellos son de contenido muy positivo y gratificante, el sujeto se siente llenos de ideas y de proyectos y no hay nada que se le ponga por delante, estado psíquico que se traduce en un fuerte sentimiento de felicidad y bienestar. Esta irrefrenable alegría se transforma en irritabilidad y agresividad a poco que se interponga en el camino del sujeto la más mínima frustración. Al igual que decíamos en el punto anterior respecto a las hipersincronías de inhibición, las crisis epilépticas parciales con contenidos vivenciales de expansividad que acabamos de describir ahora constituyen la base neurobiológica de las fases maníacas (manía).

Este apartado de crisis gozosas incluye las denominadas crisis extáticas, especialmente descritas en la literatura mística, pero también en numerosos trabajos sobre la epilepsia. Éxtasis, término que aparece ya en los escritos hipocráticos y en los aristotélicos, alude a la impresión que experimenta el sujeto de haber sido sacado fuera de sí mismo por una fuerza extraordinaria que lo transporta a otra realidad supranatural (del vocablo griego ek-stasis): literalmente poner fuera de, sacar; y por extensión: suspensión, transporte, arrobo, locura, éxtasis). En efecto, durante el paroxismo, de forma repentina y automática invaden la conciencia sentimientos de dicha y de bienestar tan intensos e inefables, que el sujeto interpreta este estado como de naturaleza divina: cree haber sido trasladado a otra realidad sobrenatural en la que su yo se funde con el Yo cósmico. Aquí las crisis epilépticas parciales dan lugar a manifestaciones psíquicas de inhibición y sufrimiento que alternan con las contrarias de expansividad y gozo. Suelen diagnosticarse como un trastorno bipolar. Durante el acceso de despersonalización el sujeto, de repente, tiene la viva impresión de estar percibiéndose a sí mismo como diferente y cambiado a como es habitualmente, ya sea en todo su cuerpo o en alguna de las partes del mismo, y ello a pesar de que sabe que sus órganos de la percepción siguen percibiendo correctamente.

Una vatredad peculiar de despersonalización es la autoscopia, fenómeno psíquico bien documentado científicamente desde hace más de un siglo. Jaspers, en su Psicopatología general, publicada en 1913, la describe en los siguientes términos: “consiste en que el esquema corporal de nuestra propia figura adquiere realidad en el espacio fuera de nosotros”, y la atribuye a diversos síndromes psiquiátricos remarcando la particularidad de que en todos ellos hay una alteración de la consciencia. Durante la vivencia autoscópica, pues, el sujeto repentinamente experimenta la viva impresión de que su propio yo se ha separado del cuerpo, de tal modo que éste puede ser contemplado desde el exterior, generalmente desde arriba.

La desrealización es el equivalente a la vivencia de despersonalización, sólo que ahora lo que de súbito se vive como cambiado no es el propio yo, sino el mundo circundante. Cuando en el síndrome clínico que presenta el paciente predominan vivencias de despersonalización y de desrealización como las descritas, suele hacerse el diagnóstico de trastorno de despersonalización, aunque otras veces las experiencias de despersonalización y de desrealización se incluyen como síntomas de una psicosis. Se trata de cogniciones fulminantes basadas en alucinaciones o en una idea delirante primaria, las cuales resultan incomprensibles para los observadores y, en cambio, poseen para el sujeto que las experimenta un inquebrantable sentimiento de veracidad y certeza.

Cuando estos estados alucinatorio-delirantes son intensos y persistentes puede dar lugar a laspsicosis agudas (las llamadas bouffées délirantes aigües, de los autores franceses), en las que el sujeto elabora un mundo propio y autista mediante el cual consigue explicarse las extraordinarias vivencias que transcurren por su mente. En la impulsión el sujeto se siente brusca y automáticamente impelido a realizar un acto al que tiene la impresión de que no serí capaz de oponer una resistencia eficaz. Las impulsiones se incluyen normalmente dentro de los trastornos de la personalidad. las más frecuentes son la impulsión de robo (cleptomanía), la de suicidio y la de blasfemia. En resumen, los automatismos mentales hasta aquí descritos son las mismas manifestaciones psíquicas que en la sección anterior encontrábamos diagnosticadas como crisis epilépticas parciales. El hecho de que todas estas manifestaciones psíquicas reciban ahora el diagnóstico de trastorno psiquiátrico, y no de descarga epiléptica parcial, habría que atribuirlo a que se trata de hipersincronías neuronales de poca intensidad, de tal manera que la vivencias a las que dan lugar estas mínimas descargas, aparecen en la conciencia del sujeto formando un continuumcon su funcionamiento psíquico previo. En cambio, cuando la descarga neuronal es más intensa, es decir, cuando se sincroniza un mayor número de neuronas, el automatismo mental aparece como una ruptura clara con respecto al vivenciar psíquico previo, por lo que la naturaleza epiléptica de esa descarga es fácil de determinar.

En cuanto a la objeción que se podríaa hacer respecto a la diferente duración entre una crisis epiléptica parcial (segundos o, a lo sumo, minutos) y un acceso psiquiátrico agudo (horas, díaas o semanas) habría que tener en cuenta que estas crisis parciales podrían estar sucediéndose de manera continuada en el tiempo, durante horas o díaas o semanas, constituyendo lo que se llama un status epilepticus partialis, en el que crisis parciales se suceden de manera continuada durante más de treinta minutos.
Por tanto, las manifestaciones psíquicas que actualmente se vienen etiquetando como síntomas positivos o productivos de diversos trastornos mentales, cuando se presentan cpn los rasgos fenomenológicos propios de la conciencia epiléptica (irrupción repentina en la conciencia, automatismo o pasividad, gran intensidad de la vivencia, sentimiento de asommbre y extrañeza) no serían más que manifestaciones de descargas epilépticas parciales, las cuales constituyen la esencia de dichos trastornos psiquiátricos. En torno a esa materia prima se organizarían luego otras producciones psíquicas, ahora ya secundarias al modo psicológico de reaccionar cada sujeto ante estos fenómenos extraordinarios, conformándose así síndromes psiquiátricos diversos, tales como trastornos ansiosos, trastornos afectivos, psicosis paranoides agudas, etc.

Pues bien, como comprobaremos más adelante en la sección -“Hiperia y creartividad”- muchos místicos, filósofos y artistas han dejado testimonio en sus escritos de toda esta variedad de automatismos, sin que dichos autores confieran a estas experiencias valor patológico alguno, sino que les atribuyen un significado diferente la mayoría de las veces en el sentido de experiencias que denotan un mayor grado de desarrollo mental.

INTRODUCCIÓN
INCONSISTENCIAS PSIQUIÁTRICAS
PSIQUIATRÍA Y EPILEPSIA
AUTOMATISMOS MENTALES Y PSIQUIATRÍA
HIPERIA
HIPERIA Y CREATIVIDAD
HIPERIA Y DROGAS
CONSECUENCIAS DE LA HIPERIA

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