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Jueves, 23 de Noviembre de 2017

Mística y alteraciones del ánimo

Colaboración que analiza la relación entre hiperia y espiritualidad. Nuestra posición al respecto es bien conocida: si bien las manifestaciones hipersincrónicas extraordinarias pueden coadyuvar, determinando el inicio de un interés por lo espiritual, el verdadero proceso místico es independiente de dichas manifestaciones, y muchas veces tiene lugar sin que el espiritual experimente manifestación hipérica alguna.

Apreciado Dr. Álvarez:

A partir de sus escritos acerca de la relación entre mística y ‘bipolaridad’, se me ocurren algunas reflexiones:

Resultaría muy consolador –y hasta salvador- para las personas etiquetadas con el famoso ‘trastorno bipolar’, pensar que lo que les sucede es síntoma de una mayor elevación espiritual. Pero no es así. Muchos místicos tienen en común el padecimiento de extremas alteraciones del ánimo (hoy llamadas ‘manía’ y ‘depresión’), sin embargo estas alteraciones afectan también a individuos que no son en absoluto religiosos, espirituales ni nada que se le parezca. Muchos de los delirios de muchos ‘maníaco-depresivos’ tienen contenido místico, pero muchos otros delirios de otros ‘maníaco-depresivos’, e incluso de los primeros, carecen de referencia espiritual. La diferencia la encontramos, pues, no en el fenómeno (alteración del ánimo), sino en la interpretación del mismo.

Lo que se experimenta durante la depresión es la ruptura negativa del ‘yo’. En efecto, cualquier místico aspira a la disolución positiva de su yo en Dios o la Realidad, y en la depresión se produce una ruptura que puede entenderse como purificadora. Por eso, la salud que se le ofrece –la restauración del yo- es percibida íntimamente como una amenaza: El ‘yo’ es la enfermedad más enajenante.

La manía es la inflación del yo: el entusiasmo (el sustantivo entusiasmo procede del griegoenthousiasmós, que viene a significar etimológicamente ‘rapto divino’ o ‘posesión divina’; formado con la preposición en y el sustantivo theós, ‘dios’; la idea es que cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo es un dios el que entra en nosotros y se sirve de nuestra persona para manifestarse, como les ocurría —creían los griegos— a los poetas, los profetas y los enamorados).

Atención: no es Dios quien se manifiesta, sino un ‘dios’ quien se sirve del ser humano. La diferencia es radical. Los dioses son fuerzas intermedias, cuya alabanza y solicitud de ayuda está advertida como peligrosa (pecaminosa; constituye, de hecho, el politeísmo) desde Abraham y a lo largo de toda la tradición del Libro, por más que una y otra vez esta consigna sea pervertida.

Tenemos, entonces, dos pruebas internas para el alma: la desolación (llamada ahora ‘depresión’) y el entusiasmo (llamada ahora ‘manía’). En la primera, Dios parece haber desaparecido; en la segunda, otro ocupa su puesto.

En realidad, para el místico que, con la ayuda de Dios, supera estas pruebas, Dios no ha dejado de estar presente nunca (nada queda fuera de las manos de Dios), pero reconoce la falsedad del yo a través de la depresión, y de cualquier otra divinidad que no sea Dios a través del entusiasmo.

La desolación y el entusiasmo son dos formas de enajenación, de locura, porque representan iguales alejamientos de la Realidad, de Dios, del Único Uno Mismo.

Estamos acostumbrados a considerar negativamente la locura depresiva, pero la locura maníaca a veces sigue siendo vista como entre los griegos clásicos: una bendición incomprensible para la mayoría. Sin embargo, no puede ser una bendición (excepto en el sentido de que todo lo es) el delirio. Confundirlo todo no es precisamente un camino recto. La manía esuna intoxicación ‘endógena’. Consumir cocaína produce una intoxicación de origen exógeno; en la manía no hay una sustancia material externa.

Desde el punto de vista espiritual tenemos, pues, dos crisis del ego: la depurativa (desolación, depresión), y la inflacionista (entusiasmo, manía).

Sobre esto podríamos extendernos mucho, pero se impone cuanto antes una pregunta: las personas sin conciencia espiritual también experimentan desolaciones y entusiasmos. ¿Refuta esto nuestra argumentación?

No, no la refuta. Los místicos también se constipan y experimentan cualquier tipo de enfermedades, y siempre todas ellas son entendidas como pruebas. Para un místico, cualquier vivencia tiene sentido, entra dentro de su Señor.

Para una persona sin conciencia espiritual, sus desolaciones y entusiasmos, así como el resto de ‘enfermedades’, carecen por completo de sentido, como el conjunto entero de su vida.

J.L., 2013.

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