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Jueves, 19 de Octubre de 2017

Me dieron una invalidez pese a que los médicos no tenían ni idea de lo que me ocurría

Tras comprobar la ineficacia de la medicación, optaron por darme una invalidez sin tratamiento alguno.

 

Allá por el año 1984 reclamé en la empresa bancaria donde trabajaba, que cierta vibración procedente de un amplio instrumental de telefonía de la oficina (panel ubicado en el mismo espacio donde estaban las mesas de trabajo), me generaba tensiones en mi estado cerebral. Este hecho ocurrió a partir de que cambié mi lugar de trabajo por otro donde anteriormente estaba un compañero que, curiosamente, venía teniendo asistencia psiquiátrica de ambulatorio (ignoro desde cuándo). Esto me hizo pensar más tarde, si esta persona podría haber sido afectada por percibir, al igual que yo, ese zumbido vibratorio que, al parecer, para los demás quedaba por debajo de sus umbrales perceptivos, pero que para mí era algo tan persistente y desagradable que me era tremendamente insoportable.

Debo decir que, previo a esta circunstancia, el hecho de hallarme en tal oficina, era debido a mi petición de traslado a la misma porque en la anterior en la que estaba, cuando llegaba la media mañana, la densidad del aire que en la misma existía y debido al humo de tabaco que se concentraba en ella, hacía que me sintiera considerablemente mareado o afectado orgánicamente en el cerebro. Esta otra más reciente contaba con un sistema de aire acondicionado algo más eficaz, cosa que conocí por mi pertenencia al Equipo de Seguridad e Higiene en el Trabajo, por parte de los trabajadores de dicha empresa.

Informé de ese estado instrumental al Organismo Oficial de Seguridad e Higiene en el Trabajo. Vinieron a comprobarlo y manifestaron que tal vibración estaba dentro de los límites aceptados por ley, por lo que ante mi afectación orgánica me citaron para ser entrevistado por el neurólogo de dicho organismo. De aquí me derivaron al psiquiatra de zona (donde pertenecía por mi domicilio).

Este señor me puso un tratamiento farmacológico. (Hoy día no recuerdo sus nombres porque el voluminoso expediente que se fue originando lo eliminé hace años para no mantener más conmigo tan desagradable experiencia). Cuando se cumplió la fecha en que debía volver a revisión, le hice ver que mi condición físico-cerebral no me permitía afrontar de mejor manera mis circunstancias en la oficina bancaria, sino que me encontraba más discapacitado anímica y cerebralmente, expresándole que lo que yo concebía que un tratamiento debía hacer es que me debería fortalecer y no lo contrario, como estaba ocurriendo. En definitiva, aquel tratamiento  farmacológico, más que curarme o ayudarme hacía que cada vez me sintiera peor.

Por tal motivo, me modificó algo de la medicación, propuesta para otra serie de semanas, pero al encontrarme aún más trastornado orgánicamente, antes del vencimiento del plazo solicité  revisar mi medicación. Y esto fue ocurriendo una y otra vez, a raíz de que cada vez mi estado orgánico y mental se iban acusadamente deteriorando. Ya en el último intento de medicación, ésta me generaba tal estado, que mis ojos no toleraban la luz de la calle, mi caminar era torpe, y mi habla apenas me permitía la posibilidad de articular palabras claras.

Fue en tales circunstancias que, previamente a haber estado anotando en un papel los síntomas que percibía en mí y ante la dificultad de poderlos expresar de voz en la consulta del psiquiatra, e incluso de asistir presencialmente a la misma, pedí a mi padre y a una de mis hermanas, que me acompañaran, además de que pudieran testificar de mi estado.

De esta manera le expresé al psiquiatra que viviendo solo en el piso que habitaba, si quería que me mantuviera en una medicación tendría que ser en un centro hospitalario donde se me asistiera en mis incapacidades ya expresadas.

Ante esta situación, dicho señor me indicó que me iba a derivar al Servicio de  Inspección Médica para que analizaran ellos mi caso, eliminando por el momento la medicación que recetara. (Dicho médico tuvo al menos la consideración de ir cambiándome el tratamiento farmacológico cuando veía las graves secuelas que me iba generando).

Tras algún tiempo en que comenzara a ser citado a examen en las diversas cátedras del Hospital Universitario Virgen Macarena de Sevilla, pasé por exámenes de psiquiatría, medicina interna, encefalografía, fondo de ojos y no recuerdo cuáles más si las hubo. El caso es que finalmente lo único llamativo fue que el electroencefalograma acusaba una “tendencia de la actividad fundamental a integrar las frecuencias inferiores de la banda alfa y brotes deltas intermitentes bilaterales anteriores inducidas por hiperpnea“. Curiosamente, esta circunstancia existía igualmente en un electroencefalograma que siete años antes me habían hecho con motivo de unas cefaleas persistentes que ocurrían por aquella época (y que continuaron posteriormente), cosa la cual expresaba que no era algo ocasional o novedoso, sino que estaba presente desde al menos aquel tiempo. Estos resultados de los diferentes exámenes se concretaron en junio de 1985, momento en que me derivan  al Servicio de Inspección Médica.

Cuando fui entrevistado por ellos, ante su extrañeza sobre los efectos de esa condición cerebral, me preguntaron literalmente “¿qué hacemos con Vd.?“, a lo cual manifesté que “lo que ellos consideraran oportuno, pero que lo que fuere no me impidiera el trabajar en otro tipo de trabajo donde no se dieran las circunstancias medioambientales que ocurrían en las oficinas bancarias, pues yo me sentía en la necesidad de desarrollar algún tipo de trabajo” (personalmente desarrollé, al margen de la banca, mucha capacidad para muy diversos tipos de trabajo, cerebral y manual).

Mi expediente pasó por una serie de situaciones contradictorias, entre las que figuró la procedencia de una incapacidad laboral e, igualmente, su no procedencia por no contener los requisitos que hasta entonces existía sobre situaciones de ese tipo. Cuando la parte administrativa la denegó, al conocerlo en una revisión la parte médica, se me mostró su disconformidad y me dijeron que no aceptaban esa negativa y que volverían a mover su procedencia, lo cual finalmente ocurrió sin intervención en modo alguno por mi parte.

Como colofón final, decir que incluso me informaron, en la primera revisión de los dos primeros años, que no se me volvería a llamar a más revisiones, sin darme explicaciones, lo que interpreté como que por esa constancia del diagnóstico encefalográfico expresaba que se mantendría tal condición y que podría ser la causa de la sensibilidad que acuso ante determinados agentes físicos, (de la cualidad aérea y de los sonidos), como es algo que siempre debo considerar allá donde pueda estar, pero que entiendo que en nada asociado a lo que como dictamen médico justificaron mi condición de invalidez: “Psicopatía Epileptoide, Personalidad Enequética”.

¿Me considero estigmatizado? Pues realmente no. Tengo suficiente conocimiento de los aspectos de mi persona, tanto orgánicamente como cerebralmente y su derivación  mental, como para saber de mí y de lo que en mi camino de concienciación del ser integral (cuerpo-mente-alma) que somos he logrado. Aunque para ser sincero hasta el último extremo y momento, debo decir que gracias al conocimiento que he desarrollado de las relaciones entre vísceras, cerebro y los diferentes sistemas, así como de qué manera afecta a cada uno de ellos la química predominante de cada alimento de los que podemos tender a ingerir, así como de qué manera interviene en lo mental la dinámica articular y muscular que podamos ir desarrollando, me ha sido posible llevar adelante, contra todo pronóstico de personas allegadas a los círculos médicos, la eficacia de mi vida presente.

Para esto anterior me ha sido de gran ayuda, al margen de cuanto investigué con diversos medios de diagnóstico “natural”, los criterios que llegué a desarrollar sobre cómo en el Rostro humano puede analizarse la condición funcional de las diversas vísceras corporales, lo cual llegué a dejar expresado con lo que denomino Fisiognología, que junto con los temas que indico en el párrafo anterior he venido dejando libremente expuesto en las webs que iba editando y que más recientemente he aglutinado en el portal www.lanuevamedicina.es

Debo añadir a las pruebas que me hicieron, una consistente en un TAC cerebral, de 14 tomografías. No recuerdo si fue posterior a lo que el electroencefalograma detectó o durante el resto de exámenes. Pero lo que sí percibí por aquel entonces es que en los días posteriores a dicho TAC, mi mente parecía haberse dispersado totalmente, con incapacidad para concentrarme cerebralmente, situación que duró un par de años hasta que sentí que mi cerebro podía trabajar normalmente. Siempre he sido muy consciente de mis estados cerebrales y orgánicos, hasta el punto inclusive de en ocasiones diversas percibir el cambio de actitud mental (consideraciones de mi vida) conforme iba ingiriendo alguna bebida o alimento que motivara tal cambio, como observador que presenciara el proceso del pensamiento o de la situación cerebral orgánica que se iba generando.

Nunca tuve inconveniente en expresar, ante facultativos o ante cualquier persona donde se terciara, mis modos de pensar y de lo que fueran mis criterios acerca de la vida, por lo que aprovecho para manifestar aquí el criterio más trascendente que he desarrollado en mí: somos almas, surgidas como “peculiaridades del infinito”, desarrollando “estructuras de conciencia de nuestra propia singularidad”.

En Sevilla, a 2 de octubre de 2017.

Angel Baña

 

 

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