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Jueves, 23 de Noviembre de 2017

Por qué me opongo al Día Mundial de la Salud Mental

Autora: Emily Sheera Cutler

Según el médico y autor superventas Dr. Gabor Maté, cada ser humano tiene dos necesidades complementarias: apego o conexión con otros, y autenticidad, o la capacidad de ser completamente nosotros mismos.

En mi opinión, es imposible tener la primera necesidad satisfecha sin esta última. Cuando no podemos expresar quiénes somos realmente, cómo nos sentimos, cómo procesamos y damos sentido al mundo que nos rodea, y a nuestros miedos y sueños más profundos, no podemos conectarnos completamente con nadie más.

¿Qué tiene que ver esto con el Día Mundial de la Salud Mental?

Vivimos en un mundo que nos castiga constante e implacablemente por expresarnos con autenticidad. Nuestra sociedad a menudo ve las emociones como un signo de debilidad, las realidades alternativas como indicaciones de juicio alterado, la diferencia como una forma de enfermedad que necesita ser curada y la angustia como resultado del pensamiento irracional. Se nos enseña a tener miedo de este tipo de autenticidad tanto en nosotros mismos como en los demás, a avergonzarnos de quiénes somos y cómo nos sentimos y sentirnos avergonzados de las expresiones crudas de los demás.

Para mí, ningún sistema de pensamiento refleja esta tendencia cultural mejor que la noción de “salud mental”. La ideología de la salud mental o, como dice Nick Walker, experto en neurodiversidad, es el paradigma de la patología, postulando que hay una sola forma correcta y saludable de ser, y cualquier tipo de divergencia de esta forma de ser es enfermedad o trastorno. Cualquier nivel de emoción que supere el límite arbitrario del DSM para lo que constituye una cantidad saludable de sentimiento, cualquier creencia o punto de vista que se aleja de los límites de lo que los médicos han decidido que es normal, cualquier deseo o anhelo que se haya considerado irreal o irracional…  he aquí sólo algunos ejemplos de expresiones auténticas que los profesionales de la salud mental consideran que necesitan tratamiento.

El paradigma de la patología es la base de un sistema en el que las personas son castigadas violentamente por este tipo de expresiones. Las palabras no pueden capturar exactamente lo que se siente al no poseer los derechos sobre su propio cuerpo; nada describe completamente la horrible realización de que no tienes derecho a decir “no”.

El ingreso psiquiátrico involuntario y el tratamiento ambulatorio involuntario… ¡significan tantas cosas para mí!: el terror de estar encerrado en una habitación del tamaño de un armario con paredes de cristal, sin estar seguro de cuándo sería liberado; el pánico que sentí cuando me ordenaron que me quitara la ropa para hacerme un chequeo desnuda y supe qué sucedería si desobedecía; la inquietud y el vacío de esperar a ser liberado, sintiendo cada minuto como una hora; la vergüenza y el pesar que todavía siento por no haber asistido a mi graduación universitaria por haber estado sufriendo en ese momento este encierro.

Para algunos de mis amigos, compañeros de trabajo y camaradas, el tratamiento involuntario ha supuesto electrochoques con y sin anestesia, potentes antipsicóticos en forma inyectable y terapias de reprogramación mediante recompensas y castigos físicos.

Y por todo esto, nos dicen que deberíamos estar agradecidos. Se podría argumentar que incluso la noción de “tratamiento involuntario” es la última forma de culpar a las víctimas: a los sobrevivientes se nos repite constantemente que el tratamiento era necesario debido a que nuestro modo de expresarnos y comportarnos era síntomas de una enfermedad que necesitaba “tratamiento” y, por tanto, el uso de la fuerza era justificado: “debería alegrarse usted de de que alguien se haya interesado lo suficiente como para obtener la ayuda que necesitaba”, escucho habitualmente.

No es solo el uso de la fuerza y ​​la violencia sancionadas por el estado lo que limita nuestra capacidad de ser nosotros mismos. Ha también un gran componente de coacción social: los factores sociales y ambientales que hacen que la vida resulte muy difícil para las personas que son etiquetadas y vistas como “diferentes”. A diario esas personas se enfrentan a discriminaciones y prejuicios por el mero hecho de expresar pensamientos y sentimientos que hemos sido entrenados para ver como anormales. Por supuesto, la industria de la salud mental explota y perpetúa este prejuicio.

En un mundo donde estas son las consecuencias potenciales de expresar solo ciertos pensamientos, sentimientos y acciones, ¿cómo podemos esperar que alguien sea él mismo? Y si nadie puede ser uno mismo, si nadie puede ser auténtico, ¿cómo puede establecer conexión con los demás?

Como seres humanos, todos somos increíblemente diferentes unos de otros. Tenemos formas muy diferentes de experimentar, procesar y responder al mundo que nos rodea. Y eso es algo hermoso: ¡el mundo sería terriblemente aburrido si fuéramos todos iguales! Pero a veces, cuando uno considera cuán diferentes somos todos, es un misterio cómo logramos conectarnos y relacionarnos. Hay que ser capaz de estar muy solo y aislarse mucho para darse cuenta de que solamente uno mismo posee y entiende completamente su conjunto exacto de valores, creencias, pensamientos, sentimientos y personalidad.

Pero mientras tenemos diferencias, hay experiencias universales que todos compartimos. La conexión real proviene de esas experiencias compartidas. Ser humano es sentir dolor, tristeza, pérdida, ira, miedo, alegría, felicidad y esperanza. Ser humano es tener creencias y valores firmes que son moldeados por nuestras vidas. Todos podemos relacionarnos y sentir empatía con estas experiencias humanas. Al verse obligado a suprimirlos, ¿qué queda para conectar?

Creo que no hay nada más poderoso que la conexión humana que ocurre cuando una persona expresa un pensamiento, sentimiento o experiencia únicos, y otra persona responde: “Yo también”. Es en estos momentos cuando comenzamos a sentirnos menos solos.

El paradigma de salud mental nos roba tan a menudo nuestro potencial para conectarnos que:

  • En lugar de celebrar el Día Mundial de la Salud Mental y validar un paradigma que considera la forma natural de ser de las personas y expresarse como enfermedades o trastornos, prefiero celebrar el día de la conexión humana.
  • En lugar de abogar por un tratamiento de salud mental, me propongo hacer mi mejor esfuerzo para apoyar a las personas en peligro, aceptando sus emociones y compartiendo su dolor.
  • En lugar de decirles a las personas que usen las habilidades de afrontamiento para controlar o reducir sus emociones, trato de ver estas emociones como una parte natural del rango de la experiencia humana.
  • Y en lugar de crear conciencia sobre “enfermedades mentales”, ayudo a difundir el mensaje de que la angustia y las crisis son un componente universal de ser humano.

Solo cuando reconozcamos este hecho estarán satisfechas nuestras necesidades humanas.

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