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Lunes, 11 de Diciembre de 2017

¿Esquizofrenia o despertar de consciencia? Cuando comprendí las leyes que nos gobiernan.

Autor: José García Cuenca

Veintitrés de Agosto de 2003, sobre las cuatro y media de la tarde… Era en una casita que mis padres habían alquilado para gozar de su jubilación, en Sierra Morena, Córdoba. Se habían quedado allí para sembrar sus propios tomates y disfrutar del campo. Estaba relajado a la sombra de un chaparro, al lado de la pequeña piscina.

A partir de ese momento hay un antes y un después. Todo cambió ese día. Nada fue igual a partir de entonces, aunque en ese momento para nada era consciente de la trascendencia de lo que estaba viviendo.

En realidad un día más en su apariencia. Recuerdo ahora las palabras que, en el éxtasis de aquellas agradables tardes-noches de verano cordobesas, yo —sentado en los escalones del descansillo de la casa— le decía días atrás a mi padre:

– “…Papá, ésto no tiene sentido: mi mujer y yo trabajando, mis hijos a la guardería… Papá, ésto no tiene sentido…”.

Pocos días después una fractura en un metatarso, cuando saltaba a esa piscina que luego sería testigo de mi… “¿renacimiento?”, me hizo faltar por primera vez al trabajo en doce años. Veinticinco días de baja…

Era después de comer; ya tenía mi escayola y estaba sentado al fresco de la piscina con pena de no poderme bañar; estaba sólo. El mundo se había detenido cuando todos, menos la chicharra, sesteaban por la calor. Sentado en el suelo con mis palmas de las manos apoyadas en él, mirando al infinito, en un segundo, me llega una idea a mi mente que me “flashea” y me hace entender que existe una “realidad dirigida”; que lo que te ocurre, NO es aleatorio. Que Dios no reparte suerte como tirando hacia atrás el ramo de flores en las bodas. Que a cada uno, en función de sus creencias “firmadas” por sus actos, le son abiertos y cerrados caminos.

Ese veintitrés de Agosto de 2.003, vi cómo los acontecimientos obedecían a un movimiento de energías que, parecidas a colores en cuanto a su manera de combinarse, generaban mi realidad y la de todos… tanto en conjunto como por separado. Comprendí cómo regía la “lectura consciencial” de esos acontecimientos en el proceso de creación de la realidad. Nuestros antepasados, que a mi entender comulgaron con similares conceptos, nos dejaron, surgidos de esa manera de “mirar”, los refranes.

Pude ver cómo fabricamos nuestros problemas, quejándonos y lamentando nuestra mala suerte al mismo tiempo. Y pude adivinar, merced a esta nueva forma de mirar, el deceso de mi asistencia a mi puesto de trabajo en el banco. Porque la continuidad en ese oficio era incompatible con mi nuevo estado consciencial y por lo tanto, con mi nueva realidad que se proyectaría inmediatamente en el mundo físico, al aplicarse en ella las Leyes que había visto. Tuve la revelación por ese mismo mecanismo, del divorcio de mi pareja y su posterior regreso a mi hogar, sin saber como se produciría… Todo lo veía intuitivamente, pero en base a una realidad ahora con “profundidad”.

Pocos días después, dándole vueltas a todo lo nuevo que estaba viviendo, súbitamente me vi en un acantilado a mucha altura, colgado ante el abismo y agarrado a un grueso clavo. A su lado había otro clavo a mi alcance y yo debía cambiar de asidero y sujetarme al segundo. No se por qué, pero para cambiar de clavo tenía que soltarme antes del primero. Es decir, no había forma de empuñar el segundo sin soltarme antes de las dos manos, lo que significaba caer a una muerte segura en el fondo del precipicio. Pero lo hice como de un salto impulsado casi sin fuerzas. Y cuando me solté, quedé flotando y de ese modo pude agarrarme al segundo gancho. Todo ésto, soñando despierto.

De pronto, aparezco dentro de una casa absolutamente negra por dentro, sin ventanas, tan oscura que sólo se “adivinaban” los rincones. Una puerta negra y entreabierta, que se mimetizaba con las paredes negras, dejaba ver fuera, un espacio natural donde en contraste con el negro absoluto de la casa por dentro, brillaba un increíble y absoluto verde de la hierba iluminada; supuestamente por la luz de un sol imponente que lo irradiaba todo. Tenía que escoger, sin yo saberlo en aquel momento si salir o no. Ante la quietud, salí. Y de repente desaparecí de donde estaba y volví a mi ser habitual.

Y lo primero que me vino a la cabeza fue mi hermano. Mi hermano, el  pequeño de seis hermanos que somos, que había sido diagnosticado de esquizo…

“-Voy a ir a por él”, me dije.

A mi mujer le hablé:

-“Lucy, voy a atravesar la esquizofrenia”.

No se por qué lo dije así, porque sabía que iba a entrar en “la madriguera del conejo de Alicia en el País de las Maravillas”, pero eso no era ninguna enfermedad; sólo pensaba en mi hermano en un lugar lejano… ¡Pero cómo se lo explicaba a ella!. Estaba obligado a compartir con mi pareja semejante decisión por su importancia y trascendencia. Yo esperaba una respuesta positiva después de una breve explicación de lo que estaba experimentando tan bello para mí… pero ella me devolvió a la Tierra:

-“No te sigo. Me voy… te dejo.”

Nunca hasta entonces había escuchado a mi mujer hablar con ese tono que, por otro lado enamoraba. Habló con el corazón en la mano. ¡Qué pena me dio! No tanto porque no me siguiera —aunque yo no esperaba esa respuesta—, sino porque después de oír su verdadero tono sincero, supe que hasta entonces, nunca antes lo había tenido conmigo, aclarándome que nunca antes había sido mi amiga. Pero yo era el personaje de Nino Bravo en su canción “Libre”, en el que “… piensa que la alambrada sólo es un trozo de metal…”.

Mi familia en un  principio se divertía con mi cambio de conciencia, sobre todo con mi nuevo entendimiento acerca de Dios: aunque no coincidía con el de la Santa Madre Iglesia (que de santa tiene poco), era un acercamiento a la Divinidad que contrastaba intensamente con el ateísmo que hasta entonces practicábamos tanto yo como mis hermanos, aprendido por imitación directa de mi padre.

Hasta ahí bien, pero cuando mi familia escuchó de mí que no iba a trabajar más a la Caja de Ahorros, saltaron todas las “alarmas silenciosas”. A mí no me hicieron más señal que la de un hueco “cerco” de silencio. Luego me enteré de que consultaban —primero— y “reclutaban” —después— a mis amigos íntimos para la “operación” que sobre mí se avecinaba sin yo saberlo. Mi hermana mayor quiso ayudarme y lo hizo sin decirme. Tomó la iniciativa de “aconsejarme” una visita —ya decidida por todos— a un supuesto psicólogo que luego resultó psiquiatra. Yo intenté explicarme:

– “¡Pero si yo estoy bien! ¡Pero si yo cuando estaba mal era antes!”

No les importaban ni mis explicaciones ni mis negativas a citarme con el psiquiatra (a mí me decían psicólogo); tenían absolutamente claro que era innegociable la visita al profesional de Salud Mental. Mis padres, no podían permitir que abandonara un trabajo y mucho menos el que yo tenía.

Ante el “atropello” de su insistencia accedí a visitar al psicólogo pues, por otra parte, era la única satisfacción a mi necesidad de ser escuchado. Quizá a través de él, podría hacer comprender a todos que mi cambio había sido en crecimiento personal, de dominio de mí mismo y de mi realidad, en vez de un trastorno como pensaban todos.

Ni siquiera se lo cuestionaban: Yo tenía prohibido hacer lo que ellos eran incapaces de afrontar. El trastorno que me adjudicaban, no era sino esa supuesta “valentía” mía o cobardía de ellos. Pero, como digo, eso era y es inaceptable hasta la llegada de un una Nueva Psiquiatría.

¡Qué bien sabían que si me decían la verdad  —que no era un psicólogo sino un psiquiatra al que íbamos a ir— ni siquiera me acercaría a su consulta por mi rechazo a los medicamentos! Cuando llegamos mi hermana y yo a la consulta del médico de salud mental, en cuyo portero automático pude leer “psiquiatra”, por la traición, me negué de nuevo a subir a la cita. Pero la seguridad de mi hermana de que no había alternativas y que buscaba un bien para mí, unido a mi necesidad de ser escuchado por alguien que no fueran los sordos oídos de mi familia, venció mi razón; me confié en la opción que me ofrecía.

En un primer momento, entré sólo con el médico. ¡¡Por fin alguien que me escucha!!… Desahogué mi necesidad de comunicación de tantas y tantas semanas…

Pero ¡vaya por Dios! Seguro estoy ahora, de que mis explicaciones no fueron escuchadas tal como fueron explicadas. Todo lo que contaba que había descubierto —¡tan bello para mí!— fue interpretado a priori, estoy seguro, como parte de una mente trastornada, sin intención ninguna de querer saber lo que decía. Mis ideas se consideraban aberraciones distorsionadas por mi enfermedad, ¡aún antes de haber sido diagnosticada! y… ¡aún antes de haber sido escuchadas al completo! y sin saber nada de mí ni de mis circunstancias. ¡Demasiado lejos del Método Científico como para que yo tuviera en cuenta sus conclusiones!

Le conté al psiquiatra que en el pasado había tenido una depresión muy grave, de la que sobreviví agarrado al “flotador” de que, aquella “muerte en vida”, me haría una persona más especial sencillamente por haber experimentado aquello tan duro. Al especialista que me atendió entonces le pregunté que cuánto tiempo tendría que estar tomando el litio que me recetó como medicación. Me respondió:

– “Pues toda la vida… ¿no ves que estás mal hecho?, eso sólo se compensa con esta medicación…”.

Santa Palabra. En aquel mismo momento dejé la dura medicación, toda de golpe, sin problema alguno y empecé a moverme con normalidad en busca de un trabajo, movido por un inusitado empuje producto de la negación a las palabras de ese loco y absurdo llamado profesional de la Salud Mental.

Después de ir anotando el nuevo psiquiatra en esta otra entrevista todos esos datos estadísticos, pasó a las preguntas genéricas que me dieron la oportunidad, como digo, de desahogar mi encierro en mi “celda de incomunicación” en la que vivía tras mi comentario mal interpretado de mi NO asistencia al trabajo. Mis padres, creyeron de mis palabras que yo me negaría a ir de nuevo a trabajar cuando me dieran el alta de la fractura del pie… No era así. Yo, sencillamente sabía que nunca mas iba a ir al trabajo, porque las Leyes que había descubierto en aquel momento de luz el veintitrés de Agosto de 2.003, eran de obligado cumplimiento y ellas eran las que me dejaban fuera de ese “circuito” laboral… No porque yo me negara a asistir. La Vida, sencillamente, me lo iba a alejar de mí sin yo hacer nada por fomentarlo…

Y así fue como ocurrió. Lo que no sabía era cómo se iba a desarrollar ese proceso. Curiosamente fue mi diagnostico, merced a la actuación de mi familia, la que hizo que se cumpliera  la “profecía”… ¡Nunca pude aclarar ese detalle!, salvo años después a alguno y aquí ahora.

Yo creía que en esa consulta, estaba siendo escuchado por ese psiquiatra como toda persona tiene derecho, del mismo modo que yo lo escuchaba a él con la misma obligación… pero entonces, cuando terminamos, al hacer pasar a mi hermana a la consulta, sus palabras sí que me cayeron como una losa: “…¿Cómo está mi hermano, doctor?”  “…Pues sí, tiene un …………… mental…”. No recuerdo qué palabras utilizó al estar yo presente, pero en el papelito con el diagnóstico al irnos, lo dejó más o menos claro:

Diagnóstico: Psicosis.

Un eufemismo contra la etiqueta de esquizofrenia que supongo que él ya me había adjudicado, deduzco ahora, aunque para no impresionarme el primer día se conformó con comunicar sólo eso: “Diagnostico, Psicosis”, mientras se establecía la nueva “estructura de vida” que me trazaban, tras esa indefinida nomenclatura.

No me lo podía creer… El profesional de la Salud Mental ¡¡no me había escuchado nada en absoluto!! Nada de lo que yo le había dicho, estoy seguro, quedaba en su memoria porque NO le había importado ni prestado ninguna atención… Él estaba por dentro “traduciendo” en enfermedades cada uno de los argumentos que le transmitía con tanto corazón. Ahí, en ese trato, sí que estaba sufriendo un conflicto emocional con el que peligraba mi integridad mental… me veía ABSOLUTAMENTE SÓLO para defenderme ante el mundo entero completamente sordo y  tuerto como lo estaba yo antes de la “redimensionalización” de mi entendimiento. Sabía que tarde o temprano posiblemente él y puede que la mitad de la humanidad también experimentaría  ese cambio de consciencia global, pero que para entonces… ¡¡qué sería de mí!!… Aunque yo no pensaba en eso; yo sólo pensaba y pienso en la manera de hacerme entender.

Ese fue mi paso… mi primer paso con mi pie, a la nueva etapa que iba a experimentar que consistía, luego lo supe, en un viaje iniciático por el inframundo, aunque yo no llegaba a entender todavía en donde estaba entrando y continuaba contando con alegría al que me saludaba por la calle, mi situación tal como era y tal como me sucedió.

Hasta ahí, aún con la decepción que me proporcionó la actitud del psiquiatra, yo seguía con mi actitud “inocente” de hacerme entender y cuando me cruzaba con alguna amistad que me preguntaba: “¿…sigues en Cajasur?” “Pues no”, contestaba yo entusiasmado por la oportunidad para aclarar el malentendido y dar a conocer mis descubrimientos… “…Me jubilaron…” contestaba con cierto orgullo por creer no pertenecer ya al Sistema (que me lo creía yo)… “Pero ¡cómo es eso! ¡Tú eres muy joven para jubilarte!”. “Me diagnosticaron esquizofrenia y me dieron una invalidez absoluta. Lo bueno es que ya no tengo ni que hacer la Declaración de la Renta y, de números, ya ni siquiera cuento las vueltas de los cambios”.

Muchos de mis conocidos dejaron de saludarme y me volvían la cara cuando se cruzaban conmigo. Incluso algunas mujeres de mis amigos, recogían los niños conforme yo me acercaba… No fue tan sencillo el desarrollo de los acontecimientos de mi futuro, como parecía en aquellos primeros momentos. Mi familia al principio, no sabía como tratarme… ante mí, una sonrisa puesta y darme la razón en todo, aunque luego hicieran sus actos como los tenían pensados, aparte la explicación que me daban… comprendo que por no querer contradecirme, aunque el daño por desconfianza que eso genera pocos tienen la madurez para valorarlo.

Eso es muy duro y te supone una inseguridad y una “desconexión” terrible… ¡terrorífica! ¡¡Eso sí que te genera o te puede generar lo que te han diagnosticado!!. Esa desconexión de lo que nutre a un ser humano en cuanto a alimento social y emocional, eso sí que puede provocar de verdad la enfermedad que hasta entonces no tenías. Sólo contaba con la creencia de que SÍ era tenido en cuenta por ese Ser que es La Vida. Y la rueda gira en ese convencimiento.

Mi madre, lloraba aunque intentaba no hacerlo por todos los medios delante mía y se le escapaba entre sollozos un “… y ¡claro! Tú ves normal lo que ves… y ¿cómo te explicamos que las cosas no son así???!!! Mi mujer, no contestaba ni una sola de mis preguntas, como si yo fuera a utilizar esa información en contra suya. Y mi padre, renegando de mí y buscando las explicaciones para justificar que mi “enfermedad” me llegaba a mí… ¡¡por la rama de mi madre!! ¡¡Cómo iba a provenir de su genética un ser… un loco como yo!!… ¡¡Imposible!!….

Mi mujer se divorció como yo ya había previsto en mi visión e hizo una fiesta para celebrar su nueva “etapa”… previo expolio: me dejo las deudas, me quitó el sueldo, me quitó a mi hija argumentando mi enfermedad mental y utilizó a sus hermanos para que me agredieran…

Todo ésto, me llevó a emborracharme lo que nunca me había emborrachado, buscando “anestesia” y compañía en alguna taberna de guardia. Las agresiones que sufría como “demente” estando en mis cabales, me generaban agresividad verbal como único desahogo que a ojos de todos era… ¡¡producto de mi enfermedad!! Lo que más me dolía, era lo que se me dibujaba como único destino: la pérdida de mi crédito intelectual… y con él, de toda mi persona. A mí no se me escuchaba. Fui quedándome condenado al silencio.

Acepté el silencio impuesto y me apoyé en él… ¡hablar con actos en consecuencia y cerrar el pico! Esa actitud positiva ante las “inclemencias” me trajo tanto experiencias como momentos personales de descubrimiento, que compensaban sobradísimamente esa situación tan negativa… ¡¡Bellísimas experiencias!!

Llegó la imposición de la toma de la medicación, teniendo yo perfectamente claro que, ni era necesario para mí ni me iba a beneficiar. Me negué. Pero necesitaba hacerme comprender y accedí para mostrar cuáles eran los reales y verdaderos efectos de los medicamentos a mi familia. Zyprexa… bastante dosis: de dieciséis a dieciocho horas durmiendo y el rato que permanecía despierto… ¡igual de dormido! Según el prospecto es Olanzapina: un medicamento antipsicótico que afecta a los transmisores químicos en el cerebro.

Funcionó mi estrategia porque al fin y al cabo, quedé sin medicación gracias a mi actitud de intentar comprender siempre la de todos; reaccionando con actutud positiva, pacíficamente por tanto, ante sus agresiones y faltas de respeto hacia mí y mi individualidad. Entendieron que no querían verme en ese estado vegetal y cuando mi mujer se lamentó entonces al verme mermar tan gravemente en facultades, comencé gracias a su observación, el siguiente intento de dejar de tomar la medicación. No se como pude, pero ya no se atrevieron con tanta energía a impedírmelo, cosa que aproveché y de ese modo quedó definitivamente zanjado el asunto.

Los profesionales y gobernantes  de esta Sociedad, con su modo superficial de mirar y su falta de tacto y empatía conmigo, sin pretenderlo, estaban provocando en mí lo que todos temían: que me comportara como un psicópata. Se puso a prueba mi hombría, mi madurez, mi respeto por las personas en situaciones límite y mi capacidad de valoración de las circunstancias. Nunca pasé de gritos diciendo mis verdades salvo la vez que, cansado de intentar de todo para hacer entrar en razón a la que se casó conmigo, tras tres años de agresiones físicas, tirar sillas por encima de la cabeza de mi hija por darme a mí, arrancar las puertas de los armarios en ataques de violencia, estrellarme el móvil contra la pared, rajar los cojines del sillón con un cuchillo…, en una última, le devolví por primera vez, tres guantazos diciendo “…No-se le pega-a las personas…” en el único lenguaje comprobado que ella entendía después de probarlos absolutamente todos. “No-se le pega-a las personas”. La tercera vez que yo recuerde, contando las dos de niño, que golpeaba a alguien en toda mi vida.

Me denunció y me ingresaron en la cárcel e inmediatamente en “la entreplanta” —el psiquiátrico del Hospital Provincial de Córdoba—. Con el ingreso entiendo, pretendían castigar particularmente mi acción de Violencia de Género; tres meses no me los quitaba nadie, pero me soltaron curiosamente en un sólo mes o menos. “Sospecharon” la injusticia de lo ocurrido conmigo, por mi comportamiento diario, según me comentó la que parecía más veterana de las enfermeras. Curioso que tu “condena” la decidan en primera instancia los enfermeros y los policias que me llevaron, que parecían eran los que redactaban con sus comentarios los “informes” de más peso para los psiquiatras. Esta enfermera me dio consejos de comportamiento ante la realidad que se me avecinaba del nuevo poder de la mujer en la sociedad, recién salida la nueva Ley de Violencia de Genero y mi diagnóstico.

Fue muy duro, pero con mi visión de los mecanismos que verdaderamente movían la realidad, supe como hacer “desaparecer” aquel tren que se empotraba en mi vida, conmigo por delante, convirtiendo toda esa “mole” en más y más crédito ante mí, las visiones espirituales que me fueron permitidas ver aquel veintitrés de Agosto de 2.003.

Veintitrés de Agosto de 2.003. ¿Qué cambió?. Un pequeño detalle… insignificante si se quiere. Una comprensión que se “infiltraba” en todo lo entendido por mí hasta entonces, sin molestarlo… es más, ¡¡lo completaba!! Los acontecimientos, no son aleatorios. Suceden según su significación consciencial como si fueran leídos y escritos por el ser mas “completo” del Universo.

Esa comprensión consiste en ver la grandeza de un comportamiento que en lo pequeño, lo posee cada una de las células de nuestro organismo, al igual que lo posee cada una de todas las células de todos los organismos vivos, ya sea animal o vegetal de este Globo Terrestre.

Este comportamiento fue observado por Claude Bernard en 1946 y fue descrito así: “Todos los mecanismos vitales, cualquiera sea su variedad en cualquier célula, sólo tienen un fin: Mantener constantes las condiciones vitales en el Medio Interno”. En lo pequeño, todas las células y en lo grande, todos los organismos de la Naturaleza a su manera, cuidan del “charquito” físico o simbólico en el que se encuentran. Cuidar del medio o territorio que para uno es de influencia, es motor positivo de Vida. Buscar el beneficio propio directo, olvidando el perjuicio que ocasionaríamos al grupo, rompe la armonía, perjudicándote a la larga.

Nos mantenemos todos entre todos; todos los seres vivos mantenemos y somos mantenidos a la vez por todos los seres vivos, en una armonía perfecta que proviene de la Vida misma. Esa idea —la de que la Vida está “Viva” y manda sobre la realidad para que pasen ciertos acontecimientos aquí y pone muros para que otros sucesos no pasen allá— modificó esencialmente todo entendimiento aceptado por mí hasta entonces, ¡sin contrariarlo!… Sólo modificando su dimensión. Esa idea, en su más amplia consideración, era la piedra angular que cambió la “figura” de toda mi arquitectura mental… ¡en un sólo instante!

El mito de la Caverna de Platón vino inmediato a mi mente. La realidad que creemos mecánica y aleatoria, es la proyección en lo físico, como sombra superficial, de la verdadera realidad multidimensional que ocurre en otra esfera… una esfera más sutil aunque primera, donde habita la Matemática Geométrica de la consciencia. La esfera donde las ideas viven, se desarrollan y mueren, según su “lectura consciencial”. Los movimientos de esos entendimientos se te comunica por el sentimiento. Se comunica directamente a tu corazón. No es comunicable con palabras porque esos conceptos son impronunciables.

 

Me di cuenta de éstas cosas, aplicando sencillamente la Estadística a mi vida pasada de forma holística, ¡¡sin mirar a ni uno sólo de los sucesos por separado!!, en la que pude leer en un sólo segundo, ese veintitrés de Agosto de 2.003, una “armonía”, una “partitura”, una “inteligencia” en esa especial ordenación de los acontecimientos que vivimos, que la hacen curiosa. Era la ordenación del caos, haciendo de ese caos, un bellísimo orden. El Tao, que mencionan los chinos. “Todo lo que puedas decir del Tao, es mentira” dicen ellos… Esa idea, me hizo coger por primera vez la Biblia como primera aproximación a lo que había “visto”. Ya sé que la Biblia no es precisamente el mejor representante ni mucho menos, de ese Mundo, pero sí era lo más a mano que tenía.

Esa noche del veintitrés de Agosto de 2.003, no pude dormir. Me puse a escribir un libro que quería compartir con el Mundo, porque entendía que todos los problemas los generábamos ignorantemente ¡¡intentando solucionar otros ya provocados igualmente ante esa “tuertura” de nuestro entendimiento!!; tuertura que hacía plana y lineal al mismo tiempo, la ínterpretación de la realidad, haciéndonos actuar en muchos casos de forma invertida, según la posición del observador.

Yo veía que eran muy fáciles de arreglar todos los problemas. No había que hacer algo, decía yo; ¡¡sólo había que dejar de hacer ciertas cosas!! Yo quería comunicar al Mundo lo que había visto porque me parecía preciosa la visión y porque me resultaba doloroso que fuera tan tonto el “entuerto”… tan fácil, resolver tanto dolor en el Mundo.

Comprendí el significado de la bandera pirata con el parche en el ojo símbolo del Imperio de la “mente tuerta…”. Ese ojo que perdemos, nos lo saca la Sociedad a través de nuestros propios familiares, entendiendo que se nos “educa”…

Vivimos en el quinto Imperio Paio simbolizado, aparte de con la bandera pirata, con el león que posa su zarpa encima del Globo Terrestre que hace suyo el Mundo con nosotros dentro, resultado de ese dominio invertido de la tuerta mente sobre el sentimiento.

Comprendí cómo todos somos piezas de un gran Organismo que se está curando a sí mismo a través de nuestras experiencias. Un Organismo que, con vida propia, vive sobre la mente colectiva de todos nosotros. Enfermó, si se puede llamar enfermedad, al tener que blindarse o protegerse, ante la incomunicación de sí mismo, consigo mismo. Tal incomunicación es creciente porque se retroalimenta, llevándonos inevitablemente a “tocar fondo”.

Ésto comenzó, entiendo yo, al tomar como costumbre el comernos a los animales, como forma de supervivencia y olvidar que era ilícito hacerlo. Por ese acto ilícito de comer carne animal y/o humana, cambió nuestra percepción y se generó un cambio de consciencia que se asumió con agresividad; ahí, olvidamos el respeto que merecían nuestros compañeros de viaje, los animales, como “agentes de mantenimineto” de nuestro Medio Natural y como Escuela de nuestros hijos.

Los animales, son los que mantienen las “veredas” físicas y “etéreas” de las estructuras de nuestro Vergel del Edén y poseen las enseñanzas en sus diversísimas peculiaridades de todo lo que en esencia cada ser humano tiene que aprender.

Al usarlos a ellos como comida, estamos “mordiendo la teta” de la Madre Naturaleza en vez de “chupar” lo que Ella nos brinda amorosamente; comerlos, fue una falta de respeto, que nos sacó de su regazo. Perdimos el punto de vista y la Armonía Interior para la correcta interpretación de la realidad. Dos terribles dislocaciones que combinadas, se convierten en barrera a la hora de resolver con éxito las ecuaciones de la existencia. Y ahí estamos…

Comprendí cómo resolver eso, no es fácil; pero tampoco es difícil. Comprendí también, cómo todos los sucesos de los últimos milenios, vienen a salvar por etapas, esa “desviación”. No existe violencia ni crueldad, ni bondad ni maldad… Un proceso nos habita con la finalidad de nuestra solución. Abrazos fuertes.

José García Cuenca

 

 

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