Asociación Nueva Psiquiatría · Por un nuevo modelo en el sistema de salud mental

Carta a joven psicólogo prematuramente quemado

Se queja un psicólogo de la profunda insatisfacción que le genera su profesión, pese a llevar pocos años ejerciéndola. Expresa su malestar del siguiente modo:

– “Un tercio de mis pacientes resuelven el problema ellos mismos, es decir, se curan solos, limitándose mi rol en esos casos a una presencia testimonial”.

– “Del segundo tercio jamás acierto a saber qué les ha llevado a mi consulta pues no hacen el más mínimo esfuerzo por cambiar y, antes o después, acaban largándose con la misma problemática que habían llegado”.

– “El tercio último lo constituyen pacientes graves que de verdad necesitan ayuda, pero por los que no puedo hacer nada pues lo primero es pautarles una medicación que yo tengo prohibido prescribir”.

De psiquiatra viejo a psicólogo joven, permíteme una reflexión acerca de ese último tercio que catalogas como “por los que no puedo hacer nada pues necesitan una medicación que yo no puedo recetar”. Ante todo, da gracias a Dios por tener prohibida la prescripción de psicofármacos pues, de lo contrario, el 95% de los pacientes de ese tercio que realmente necesitan tu ayuda terminarían de la misma lamentable manera que cuando son tratados por un psiquiatra: diagnosticados de psicosis recurrente, ya sea esquizofrenia, ya trastorno bipolar. “Recurrente” significa que los períodos de enfermedad reaparecen a lo largo de la vida y que el sujeto queda, por tanto, condenado a tomar antipsicóticos sine die.

Es bien sabido cuál es el mecanismo de acción de los tales antipsicóticos: inhibir y/o anular los circuitos de auto-recompensa que todos necesitamos para mantenernos con un mínimo de auto-estima y actividad. De modo que dichos medicamentos,

– salvo dejar al paciente falto de motivación para todo y completamente sin voluntad,

– salvo engordarles más y más hasta acabar convirtiéndoles en monstruos deformes, con síndrome metabólico incluido,

–  salvo alterarles el funcionamiento del corazón, lo que unido al efecto indeseable anterior  se traduce en que las personas que toman estas sustancias por tiempo indefinido tienen un promedio de vida entre quince y veinte años menos que la media de la población de su entorno,

– salvo disminuir el deseo libidinal en la misma medida que aumenta el apetito oral, quedando por tanto la vida sexual prácticamente abolida,

– salvo tenerlos embotados de tal modo que ni siquiera son capaces de atender a su aseo personal,

– salvo empujarlos a fumar compulsivamente un cigarrillo tras otro por ver si de ese modo espabilan un poco esa somnolienta pesadilla en que se ha convertido su vida,

– salvo eso… ¡no sirven para nada!

Porque, escucha joven colega: cualquier psiquiatra con experiencia clínica sabe perfectamente que los mal llamados antipsicóticos, paradójicamente, de antipsicóticos no tienen nada: ni quitan alucinaciones, ni quitan ideas delirantes, ni tampoco esas vivencias telepáticas en las que el “enfermo” tiene la viva impresión de haber adquirido un conocimiento  clarividente e irrefutable, manifestaciones todas ellas características de estas “enfermedades mentales periódicas”.

A lo sumo esos síntomas quedan “encapsulados”, como gustan de decir los psiquiatras que presumen de saber psicopatología. “Encapsulado” significa que poco importa que el paciente alucine, o que delire, o que esté incluso convencido de ser la viva reencarnación de Herácles en el mismísimo momento de realizar aquellos doce hercúleos trabajos que le hicieron pasar a la historia: ya sean de grandeza o de omnipotencia, ya delirios en los que se cree Dios o el Diablo, nuestro “antipsicotizado” protagonista es completamente incapaz de llevar a cabo tarea alguna. Tan sólo puede aspirar, cual gato bajo el sol de invierno, a pasarse el día sesteando en el sofá mientras por su somnolienta mente vagan estos u otros delirios. Eso sí, respecto a la acción: ¡incapaz de mover un dedo!

Así pues, querido amigo, ya ves para qué sirven esos por ti anhelados medicamentos psiquiátricos que “tienes prohibido” recetar: es lo que literalmente se denomina…¡matar mosquitos a cañonazos!

¿Y es esto lo que echas de menos para tu tercio de pacientes graves, joven psicólogo? ¿Administrarles esos “tranquilizantes mayores”, que mejor sería denominar “amodorrantes mayores”, los cuales sólo sirven para mantenerlos como muertos vivientes?

Hechas estas aclaraciones farmacológicas, quizá con exageración y/o ironía, prestad ahora atención psicoterapeutas del mundo entero: es ya hora de que… ¡cambiéis el chip! La solución de estas manifestaciones “psicóticos”, que aparecen en la adolescencia y/o primera juventud, ha de venir por otra vía. No es mediante la ingesta de esa especie de “herbicida mortal”, que acaba con todo, como se va a solucionar el problema, sino enseñando a esos jóvenes a aceptar sus vivencias extraordinarias (alucinaciones e ideas delirantes, estas últimas muy frecuentemente en forma de vivencias telepáticas que implican cogniciones clarividentes), para que aprendan a convivir con ellas sin que les ocasionen perjuicios psicosociales. Es más, hay que enseñar a estos jóvenes a que saquen frutos y beneficios de esos “asombrosos” fenómenos, como han hecho ya grandes pensadores y artistas a lo largo de la historia. Sobre este nuevo enfoque puedes encontrar abundante información en esta web, con su hipótesis central de la hiperia, así como en la pestaña ‘Textos de interés’ que aparece en la parte superioor de la misma.

Así pues, querido joven psicólogo: antes de darte por quemado prematuramente, intenta darle un vuelco de 180 grados a tu ejercicio profesional, y pon a disposición de esos jóvenes, y de sus familiares, todo tu bagaje profesional: formación psicopatológica, escucha empática, terapia de clarificación, psicoeducación… ¡todo cuanto sea necesario antes de permitir que inicien esa funesta carrera de enfermo psiquiátrico “antipsicotizado” que los convertirá en muertos vivientes!

Tenedlo claro: sois vosotros -los psicólogos, los psicopedagogos, los profesores, los educadores y los comunicadores en general- los que estáis llamados a arrojar luz en esta especie de callejón sin salida al que han llevado los tratamientos de las psicosis juveniles con “antipsicóticos”. Sólo vosotros, cambiando el chip y adentrándoos sin miedo en el terreno de “la psicosis”, y poniendo además mucho tesón y mucho empeño y mucho conocimiento, acertaréis con la vía adecuada.

Este artículo tiene 2 comentarios

  1. Estoy de acuerdo que la medicación les engorda rápidamente y les quita las ganas de hacer cosas como salir de casa con los amigos, ir de compras, estudiar etc. Se cubren con ropa ancha para disimular el cuerpo que no reconocen porque no les gusta. Caminan como robots y miran con indiferencia. Estoy hablando de un niño de 15 años.

  2. Maravilloso, he concurrido a un grupo de esquizofrenia, donde los cordinadores les decían a unos padres, no vale la pena acercarse a psicólogos que psicoanalizan delirios, vayan solo a terapias cognitivo conductuales cuiden a su hijo, ésta enfermedad es incurable, solo medicación y si no la quieren tomar se la pican y se la dan sin que sepan, es lo único importante, y si no hace nada , si solo mira televisión o sus videojuegos, sepan que es así , con paciencia porque así es ésta enfermedad , no les permite hacer nada más, acéptenlo como es. Pero por favor …NO PUEDEN DEJAR SU MEDICACIÓN…..pase lo que pase.
    Pobres adolescentes, sin futuro, sin ganas, sin vida. Gracias Doctor por su gran valentía y sabiduría. Lo admiro.

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