Asociación Nueva Psiquiatría · Por un nuevo modelo en el sistema de salud mental

Carta del Dr. Manuel Gerardo Monasterio, Córdoba (Argentina)

He visto una ponencia del Dr. Javier Álvarez en Youtube, y viendo ahora el clima de la situación generada, me gustaría aportar mis “dos centavos” a esta investigación […]

Como muchos otros por aqui he dedicado mi vida profesional -38 años de práctica este año- (y buena parte de la personal, por obligación o necesidad) a la investigación de los llamados “trastornos psíquicos”.

La inquietud planteada por el Dr. Álvarez no nos es ajena, trabajé casi dos años con el Dr. Ronald Laing y conocí con trato más o menos asiduo a su colega David Cooper. Ambos profundamente comprometidos con la visión antipsiquiátrica, pero asimismo con un matiz fuertemente político partidista que a mi ver contaminó bastante sus hallazgos. Thomas Szasz por su parte, trabajó años en la misma temática, desde su obra señera El Mito de la Enfermedad Mental. Y James Hillman mientras tanto desarrollaba su psicología arquetipal, profundamente anti-psicopatologizante, pero demasiado teórica y con un sesgo mitológico que torna su obra de lectura difícil para todos aquellos poco versados en los temas de religiones, historia y filosofías comparadas. (He trabajado con algunos de los encuadres de Hillman durante los últimos veinte años.)

Luego tenemos fuera del ámbito de los especialistas en salud mental, la obra de Michel Foucault y de Ivan Illich (a este último tuve la fortuna de conocerle personalmente durante su estadía en Cuernavaca). ¿A qué viene todo esto? A que el planteo o más bien el cuestionamiento del Dr. Álvarez es algo instalado en nuestra cultura psiquiátrica desde hace ya muchos años. No digo esto para desmerecer de manera alguna la visión del Dr. Álvarez, sino por el contrario, para que aquellos colegas que por la razón que fuere no están al tanto del proceso histórico de la evolución de las ideas médico-psiquiátricas, tengan claro que lo que plantea el Dr. Álvarez no es una afiebrada elucubración individual, sino una duda seriamente instalada y muy rigurosamente planteada por otros especialistas, algunos de los que, como él, no lo han hecho movidos por ningún interés de fama personal o de rédito, ya que, por el contrario, les ha costado en general el oprobio y la persecución de sus colegas y del pensamiento adocenado colectivo muy bien alimentado por los intereses crecientes de la ingente maquinaria financiera de las farmacéuticas multinacionales.

Lo que me gusta del Dr. Álvarez, más allá de que es muy nuestro por lo español, es la manera cuidadosa pero al mismo tiempo rigurosa con que plantea su humildemente llamada “hipótesis” (personalmente considero que ya es algo más cercano a una teoría). Lo segundo es que es una teoría proveniente de un médico psiquiatra de las trincheras -es decir, no de un académico subsidiado y cómodamente instalado en el atalaya de una universidad de moda- sino de un profesional que día a día se las ha de ver con el oficio, a veces durísimo y desgastante, de ver pacientes psiquiátricos en el sistema público.

Hasta el nombre que ha dado tentativamente el Dr. a su proyecto destila buen sentido: hiperia de exceso, como bien nos explica con mucha precaución sin atreverse a ponerle motes más elaborados. Habla de lo que sabe, de lo que ha visto y ve día a día, y lo que dice nos resuena profundamente a quienes estamos en el mismo oficio (por lo menos a quien esto escribe).

Por respeto a este profesional tan respetable (basta escuchar las respuestas ponderadas y criteriosísimas que da a los que preguntan en su conferencia) debemos tener cuidado en no hacer lo que se suele hacer hoy día con tanta facilidad: crear un “ismo” y entrar en disputa radical con todo lo establecido sin mayor beneficio que embarrar un escenario de investigación demasiado importante como para echarlo a perder convirtiendo esto en una moda más que termine -ya lo hemos visto antes-negando el padecimiento real de los enfermos, no sólo por la intensidad a veces abrumadora de sus síntomas sino por una psiquiatría deshumanizada que medicaliza de manera brutal (hace falta citar a los pacientes que nos llegan cotidianamente embrutecidos y abombados por un exceso de fármacos que hasta ni siquiera respetan la farmacocinética de sus interacciones entre sí..?)

Una vez le escuché a David Cooper contar una anécdota con un paciente psicótico que se hallaba en un estado extremo de agitación. Cooper le dijo: “Fulano, que le parece si tomamos un poco de esto ­−creo que era colpromazina si no recuerdo mal− y así nos podemos dedicar usted y yo a hablar de las cosas verdaderamente importantes!”

Y este, creo yo, es el quid de la cuestión, el mismo de toda la medicina actual. Hay que BAJAR al hombre, con la humildad y la compasión a la que nos obliga, en primer lugar, el saber que nunca estuvimos por encima de él más que en las fantasía soberbia de nuestras propias inseguridades existenciales ocultas tras el famoso “encuadre” (Tù allí: el enfermo; yo aquí: el hombre sano y además con el poder de la cultura y del estado para hacer contigo lo que el sistema de turno me permita hacer). Y hay que entender muy bien lo que todo profesional criterioso y honesto de la salud mental debe saber, que no importa cuánto hayamos avanzado en nuestro conocimiento actual, es aún mucho, infinitamente más, lo que desconocemos de la mente y del alma humana.

Perdón por la lata tan larga, pero… ¡el tema se lo merece! (la exclamación final en cursiva es de Nuevapsiquiatría).

Manuel Gerardo Monasterio
Dr.en Medicina
Dr.en Psicología
Escritor
Córdoba-Argentina

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