Asociación Nueva Psiquiatría · Por un nuevo modelo en el sistema de salud mental

¿Enfermedades mentales epidémicas?

El actual e imparable aumento del diagnóstico de “trastorno bipolar”  me recuerda el que sufrimos de “anorexia” allá por la década de los 90, cuando se hablaba de medio millón de anoréxicas en España:

http://elpais.com/diario/1999/07/06/sociedad/931212001_850215.html

Por aquellas mismas fechas (1997) un estudio serio del Departamento de Psiquiatría de la Clínica Universitaria de la universidad de Navarra daba una cifra de prevalencia de anorexia para el cinjunto de la población española del 0,3%, es decir, unas 100.000 anoréxicas para el conjunto de la población española. Dicho estudio se repitió en el año 2006 y las cifras fueron exactamente las mismas:

http://www.unav.es/noticias/opinion/op151206.html

¿Dónde han ido a parar las otras 400.000 anoréxicas que en el 99 anunciaba EL País a bombo y platillo? Eso sí, muchos profesionales (psiquiatras, endocrinólogos, psicólogos) nutrieron sus consultas privadas con esa legión de jovenzuelas, más o menos histéricas y deseosas de llamar la atención y de parecerse a lady Di. Pero la consecuencia fue el infierno por el que tuvieron que pasar durante años esas 500.000 familias, calvario que se podía haber evitado si todos hubiésemos actuado con un poco más de sensatez.

Pues lo mismo está ocurriendo ahora con la bipolaridad: los autores actuales coinciden en dar cifras de prevalencia para el espectro bipolar de en torno al 6%, es decir, un cuarto de millón de españoles.  Y por descontado— ¡los 250.000 con antipsicóticos y reguladores del humor, muchas veces de por vida!

Bipolaridad es un concepto conocido por la población en general y de uso ya habitual en los medios de comunicación. Así, en el diario “El país” podemos encontrar noticias tan sorprendentes como la siguiente:

http://deportes.terra.cl/futbol/pique-dice-que-espana-es-bipolar-por-pasar-rapido-de-euforia-a-pesimismo,0a71b7601c0ad310VgnCLD2000000dc6eb0aRCRD.html

Que un futbolista famoso califique a todo este país como “bipolar” es bien significativo de hasta dónde se ha permitido el desmadre de este diagnóstico. Y esta vez el problema tiene visos de ser más duradero que en el caso de la anorexia, pues las grandes multinacionales farmacéuticas han apostado mucho más fuerte en este caso, poniendo en el mercado múltiples psicofármacos “útiles” para el trastorno bipolar.

¿Y qué decir de esos miles y miles de niños que, cada vez en mayor número, son diagnosticados de Trastorno por Deficit de Atención e Hiperactividad, trastorno más conocido entre maestros y profesores por el acrónimo TDAH? ¿Cuántos millones de niños están tomando el metilfenidato, una sustancia anfetamínica, por causa de este “sobre-diagnóstico”? Sólo en USA, en la población comprendida entre los los 3 y los 17 años, hay cinco millones de niños diagnosticados de TDAH:

http://www.help4adhd.org/es/about/statistics

¡Millones de niños tomando la llamada “cocaína de los pobres”, y también “coca para los niños”, muchas veces tan sólo porque “existen indicios de TDAH”:

http://es.drugfreeworld.org/drugfacts/ritalin.html

¿Y qué piensan de esto los pacientes o sus padres?

– “Ahora que hace ya tiempo que conozco mi diagnóstico, que no me vengan con rollos de si es verdad  que tengo este trastorno o dejo de tenerlo…¡madrecita que me dejen como estoy!”

Sentirse tranquilo con un diagnóstico, es una cuestión lógica y esperable. Por un lado, está la magia que encierra la palabra: si conozco la palabra tengo la impresión de que ya domino y controlo ese fenómeno. Si sé que eso se llama “angustia”, por poner un ejemplo, parece que ya la controlo un poco más que si es algo completamente desconocido.

Por otra parte, esta cuestión es más compleja y va todavía más allá en el caso de la enfermedad mental: mientras esté diagnosticado de bipolar una parte de mi vida y de mi comportamiento, ya no es responsabilidad mía sino del tratamiento y del psiquiatra que me lo puso. Nunca olvidaré el caso de un paciente que, tras muchos años de estar compensado y unos cuantos de insistirle yo en probar a dejar ya el Depakine, al fin accedió. Ese día, no sin cierto agobio, me confesó:

– “Ahora que voy a estar sin tratamiento es como si ya no fuese un enfermo, y, haga lo que haga,  ¡toda la responsabilidad será mía!”

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