Asociación Nueva Psiquiatría · Por un nuevo modelo en el sistema de salud mental

Experiencias delirantes de J. G. A.

Relato de un lector que narra las dificultades que experimenta para contar sus experiencia delirantes. El tono emocional del discurso es, en apariencia, muy diferente al testimonio que publicamos ayer, pero en el fondo a mi se me antojan muy parecidos, siendo su esencia la necesidad de buscar y buscar que caracteriza a muchas de las personas que han tenido vivencias hipéricas y/o delirantes.

Estimado:

Me demoro grandemente en contestar a tu petición o sugerencia de alguna vivencia delirante que, como sabes, “sufrí”. Hay varias razones por las que tratar de rememorar un delirio me atascan. Se me ocurren las siguientes:

1.- He dicho que “como sabes, sufrí”: ¿realmente lo sufrí o lo disfruté? ¿Perseguí un deseo o lo sacié? Es preciso distinguir el sufrimiento del delirio del sufrimiento posterior al delirio, como el sufrimiento en el pecado del posterior al pecado. La manía persecutoria, parte de mi delirio, es un sufrimiento intenso, que raya en el terror. Uno se imagina hasta la consumación multitud de formas de muerte, odio insano y perversidades que atentan a la propia “libertad” por parte de las personas más cercanas y “queridas”, como única explicación del “razonamiento paranoico”. El sufrimiento posterior al delirio es lo que los psiquiatras llamáis duelo. Es el duelo social del loco. El loco ha perdido la autoestima que depende de la estima de los demás. Ser consciente de haber hecho cosas inexplicables desde la lógica del comportamiento común hace nacer un intenso sentimiento de vergüenza. Aquellos a quienes emulamos, o cuya idea de nosotros mismos apreciamos, nos menosprecian; a lo más se compadecen de de nosotros; intuimos que se sienten decepcionados de nosotros los locos; la locura es insania por más que la denominemos paranoia, camino para la metanoia, como hacía la antipsiquiatría, en la que tantos “psiquiatrizados” nos amparamos. Esta vergüenza, dice Aldous Husley en alguna parte, es propia de todos los viejos, a poco faltos de estupidez que sean. Pero es más intensa en el loco, en el orate. El loco sigue siendo incapaz, inimputable.

2.- La segunda causa de escape es la incapacidad de vivencia. La vivencia del depresivo se le antoja a él mismo, pobre, como una habitación vacia, en que cuesta encontrar algo en que entretener los sentidos. Apúntese de pasada que todo delirante, paranoico o maníaco que se “cura”, vive el resto de su vida en depresión. Esto equivale a decir, que el sentimiento en el delirio, sea cual sea, de felicidad o terror, de ira o temor, es sumamente intenso. Es un estado hipérico, que no alcanza a la pérdida de la conciencia como la epilepsia, más parecido al provocado por drogas. Yo he escuchado, con una pizca de LSD, o, quien sabe, con un poco de alcohol, un poco de cannabis y un poco de LSD, -un poco de delirio-, la llovizna cayendo entre las hojas de la hierba nocturna, entre los granos de la arena oscura, y, mientras me mojaba su frescor, oí los armónicos del ruido de sus gotas golpeando como teclas minúsculas la tierra y la hierba casi negras, como notas rápidas y superpuestas, sordas y mágicas, de una calimba piel de serpiente bajo la lluvia. Un instante después pensé que todo ruido está cuajado de armónicos, es música. Y volví a escuchar la sincronía de los armónicos de las gotas de agua golpeando las hojas. Es imposible rememorar esas vivencias desde la habitación vacia: parecen meras palabras, petulantes, porque están vacías de la propia vivencia.

3.- La tercera causa de escape proviene de que hay recuerdos de recuerdos, como ocurre con muchas sensaciones de la infancia, que son inenarrables. Suelen ser hechos extraordinarios en la vida de un ser humano y, por tanto, han sido recordados una o mas veces. El recuerdo de una vivencia introduce datos nuevos en el engrama de la vivencia; la deforma, y los siguientes recuerdos de la misma pueden transformarse en recuerdos de recuerdos.

Resumidamente: uno huye describir las vivencias paranoicas por vergüenza, dificultad, incapacidad y presunta, -¿incosciente?- falsedad.

Pese a ello, lo intentaré (continuará).

J. G. A.

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