Asociación Nueva Psiquiatría · Por un nuevo modelo en el sistema de salud mental

Fenomenología (personal) de la manía

Acercarme a este tema es como explorar sin anestesia una herida. Pero intuyo que me conviene hacerlo, por protección propia y animado a contribuir eventualmente a la difusión de la hipótesis de Hiperia.

Mi primera ‘crisis maníaca’ fue diagnosticada a los 22 años. Desde la preadolescencia advierto muy claros síntomas depresivos en mi vida, que nunca fueron reconocidos como tales.

He sufrido-experimentado varias crisis extremas, con algunos internamientos en unidades de psiquiatría. He llegado a estar siete días atado a una cama de hospital, con una pérdida total de conciencia. Mi ciclo es siempre el mismo: hipomanía – manía extrema – depresión severa – depresión leve – relativa eutimia. Nunca he sido consciente de estar deslizándome hacia una crisis; sólo reconozco la manía una vez que he caído en la depresión. En un solo caso reporté a un psiquiatra un inusual bienestar, temiendo que fuese la antesala de la patología. El especialista no lo consideró así, y en efecto acabó desencadenándose la temida crisis.

¿Habría experimentado una manía a los 22 años sin la depresión que arrastraba desde la preadolescencia?

Mi subjetividad me dice que no. La manía la observo como una salida (falsa) a la acumulación de sufrimiento. Ciertamente no todo el mundo reacciona con manías al sufrimiento…

Antes de la primera manía yo era un militante ateo y antiespiritual. Viví la crisis como una experiencia mística y, desde entonces, entro en las tres categorías que expone la Hiperia: soy ‘artista’, ‘místico’ y ‘enfermo mental’.

Tras 30 años de crisis, me vale mucho la diferenciación entre hipomanía y manía, pero necesito aún distinguir, como herramienta de análisis, al menos tres grados en cada una de ellas: leve, media, intensa.

¿Cómo comienzo a sentir la hipomanía?

Creo que la clave es algo así como una aceleración mental, acompañada luego de un mayor bienestar y un aumento de energía. Conforme la aceleración mental va creciendo, voy pasando de los grados más leves a los más intensos.

HIPOMANÍA: ‘DIOS PARECE ESTAR A MI LADO’.

Mis crisis más graves se han sucedido con unos intermedios de unos cinco años, en los que las crisis menores fueron muy frecuentes, casi continuas.

Una de las características más peligrosas de la enfermedad, tal como la vivo, es que ‘aprende de sí misma’: hay un momento desde el que experimento algo así como que ‘Dios está a mi lado’. Sé, por la acumulación de experiencias anteriores, que nadie va a comprenderlo, por lo que trato de ocultarlo. De hecho así estoy ocultando también los síntomas que a mi entorno le permitirían advertirme, aunque en ese momento ya es demasiado tarde. La hipomanía no sólo aprende, sino que se justifica: admite que las crisis anteriores acabaron de modo deficiente, pero está segura de que la actual no será así. ¿Cómo podría serlo desde el convencimiento de que Dios está a mi lado? Vale decir aquello de Jung: “La locura es una iniciación fallida”. Puedo aceptar de buen grado que todo fueron ‘iniciaciones fallidas’ en el pasado, pero ahora no será así; las anteriores fallaron porque Dios quiso; la actual es la definitiva.

Algo que quizá contribuye de manera decisiva al mantenimiento de esta convicción son los ‘sucesos imposibles’. Y aquí es necesario detenerse si no queremos ser hipócritas.

‘Sucesos imposibles’ (premoniciones, sincronías, etc.) les ocurren a la mayoría de la gente. Muchas personas jamás los comentan bien porque no les dan importancia o bien porque les da vergüenza. La ciencia actual dominante no contempla estos hechos y, los malos científicos, en lugar de intentar explicarlos, los descalifican y los niegan. Lo verdaderamente científico es aceptar el fenómeno, aunque de momento no pueda explicarse.

Estos ‘sucesos imposibles’ (es una manera de hablar; todo lo que sucede, por el mero hecho de suceder, ES posible) son un tema tabú incluso entre los bipolares. Yo lo comprendo: en otros estados anímicos diferentes de la manía, experimentar estas cosas puede causar desconcierto, miedo, inseguridad…, pero en la manía los interpreto como la corroboración de mi convicción de que Dios está conmigo. De hecho, se trata de ‘verdaderos’ milagros… (por ejemplo: es la primera vez en mi vida que se me ocurre mirar el número de palabras que llevo escritas, tras ‘milagros’, y ha aparecido el 666. Cuando corrija el texto seguramente ya no aparecerá esa cifra). ¿Acaso el maníaco está ‘poseído’ por el mal disfrazado? ¿Parece una pregunta estúpida? Pues es una de las explicaciones que la locura ha recibido a lo largo de la Historia…, y la que más parece haberse consolidado en el inconsciente colectivo o entre los prejuicios de la gente.

El pecho parece ocupado por el lugar que inspira el amor y el arte. Es mucho más que entusiasmo: es una seguridad ‘divina’. La producción intelectual o artística resulta de calidad superior a la media.

MANÍA: ‘DIOS NO RESPONDE’.

En el proceso hipomaníaco-maníaco la cantidad de energía que tengo aumenta hasta extremos no explicados. Soy capaz de desarrollar una fuerza física desmesurada (en las crisis siempre traslado los muebles), que en modo alguno poseo en estado ‘eutímico’, la necesidad de dormir pasa de ser menor a simplemente no dormir apenas. En la hipomanía comienzo a dormir menos de seis horas (no siento necesidad de más y sí muchas ganas de hacer cosas) hasta la manía extrema, donde apenas duermo unos minutos seguidos en cualquier momento del día. La sensación al despertar de esos pocos minutos es de haber dormido muchas horas, de estar plenamente en forma; y la llegada al sueño no es ‘por sueño’, por cansancio ni nada parecido, sino por una especie de presión en el cerebro que exige ‘perder la conciencia’, salir de la conciencia ordinaria.

La percepción del tiempo también cambia: un día parece muchísimo más que un día; resulta casi imposible creer al calendario cuando me dice que ha pasado una semana mientras yo doy por hecho que han pasado tal vez meses…

La actividad llega a ser caótica, aunque yo no me doy cuenta: comienzo algo y enseguida tengo la necesidad de hacer otra cosa, y así interminablemente…

A todos estos hechos la medicina les ha puesto nombres técnicos, pero hasta la formulación de la Hiperia nunca había explicado nada: poner nombre a algo no es explicarlo, por mucho que a veces se sustituya la pedantería por el conocimiento.

Hasta ahora siempre ha llegado un momento en el que parece que ‘Dios ya no responde’. Esa integración perfecta con la Realidad que parece la hipomanía (justo lo contrario de lo que consideran los espectadores del enfermo, que lo ven como ‘apartado de la realidad’) ya no encuentra acuse de recibo. Es el momento del hundimiento. ¡Cuánto bien haría al enfermo contar en ese instante con una compañía comprensiva…!

¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde están ahora los milagros que necesito? ¿Por qué no me responde el Divino? ¿En qué me he equivocado?

Es un auténtico descenso a los infiernos.

La aceleración de la actividad cerebral llega a ser tal durante la manía que pierdo toda posibilidad de análisis, estimación, juicio o criterio. Es como si, antes, observar cualquier cosa fuese como hojear un libro a la velocidad que uno decida. Ahora la velocidad no la decide uno mismo: la percepción es del paso a toda velocidad de las hojas del libro, y las respuestas a esos estímulos son, lógicamente, carentes de fundamento. Pero hasta cierto punto esto no representa un problema: creo que Dios lleva las riendas. Desde un momento posterior, cuando Dios parece comenzar a guardar silencio, esto es vivido como enajenación, pérdida y locura. El ‘yo’ anteriormente disuelto divinamente en la Realidad es ahora un exilio donde sólo se siente vergüenza y culpa. ¿Qué ha ocurrido? –es la más angustiosa de las preguntas. La luz y el amor en los que habité son ahora solamente OSCURIDAD, miedo y tinieblas. “De totes les solituds aquesta és la més fosca” (Miquel Martí i Pol) – “De todas las soledades esta es la más oscura”.

En la hipomanía, la música, la poesía, la experiencia religiosa y el arte en general no se perciben, SE VIVEN, y no desde el lugar del espectador, sino desde el espacio de la creación, del que el artista es visto como mero receptor.

Se dice que el maníaco se arruina al gastárselo todo. ¿Cómo no? Dios se hace presente, no hay tiempo para la tibieza. Dios es la abundancia y Dios es la justicia. ¿Cómo dar mínimamente la espalda a un necesitado? No es una cuestión de bondad, es una cuestión de esperanza vivida como cumplida.

Se dice que el maníaco es imprudente, que su conducta es desinhibida. ¿Cómo no, si por fin llega el momento de la justicia? ¿Cómo ser tibio ante la ofensa? El mal va a ser eliminado del mundo –estamos convencidos. El regreso a la experiencia del mundo injusto nos impulsa al suicidio: era demasiado grande la promesa que creímos cumplida como para soportar ahora que no se haya realizado. ¡Cuánto bien haría al enfermo contar en ese instante con una compañía comprensiva…!

El deterioro cognitivo por la enfermedad, por la medicación o por ambas, es inmenso. Hace muchos años que soy completamente incapaz de memorizar nada; todo tengo que apuntarlo o es como si nunca lo hubiera sabido. Hay etapas de mi vida de las que no tengo recuerdos. Por supuesto, esto sucede en la manía, pero no sólo en ella.

He conocido personalmente a algunos bipolares en fase maníaca. Me reconozco en ellos. Uno gritaba: “¡Somos ángeles!”, otro se creía ilimitadamente inspirado.

Las ‘preguntas sin respuesta’ (qué somos, a dónde vamos, de dónde venimos) son una bomba de relojería para nosotros: en la manía les encontramos respuestas; en la depresión creemos que son falsas.

La depresión no es exactamente el espejo de la manía, eso es una reducción simplista. La depresión es la rotura, el frío interno, el llanto y crujir de dientes, el infierno. La depresión es ‘Dios no existe’. ¡Cuánto bien haría al enfermo contar con una compañía comprensiva…!

He tenido médicos geniales, desastrosos y de todos los grados intermedios. Durante el último internamiento (todos mis internamientos han sido por manía extrema; la medicación de choque parece provocar en cierto modo la depresión) un psiquiatra me dijo: “¿cómo es posible que una persona de su formación e inteligencia crea en Dios y en cosas espirituales?”. Ninguna pregunta podía ser más inoportuna…

Algún otro especialista me cuenta que en mi historia hay ciertos ‘factores de riesgo’, y creo que en eso aciertan: el maltrato a personas indefensas, particularmente los niños, es algo que, literalmente, ‘me saca de mis casillas’, es decir, me enajena. Nuevamente no se trata de bondad por mi parte, sino de proyección de mi propia biografía: tal vez el trauma más grande de mi vida fueron los años que pasé de pequeño en un colegio donde la mentira y el abuso eran la norma.

También la búsqueda espiritual me ha llevado a perderme una y otra vez. La decepción era tan grande como la expectativa: creer haber encontrado era estar a las puertas del cielo; empezar a ver cosas que no cuadran… es el camino de la violencia contra uno mismo.

Tras mi última crisis he aprendido algo para mí valioso: esas ‘experiencias imposibles’ con las que antes temía volverme loco (y en cierta manera me volvía) no sólo han dejado de darme miedo, sino que ya no me interesan. He comprobado que el camino espiritual no tiene nada que ver con eso. No me interesan los milagros…

Prefiero mil veces la muerte a volver a experimentar una manía. Las sucesivas crisis han provocado en mi vida la ruptura o el alejamiento de seres muy queridos, varias veces la ruina profesional y económica… Y no creo en modo alguno que ni la inspiración artística ni la experiencia mística precisen el más mínimo grado de hipomanía ni de depresión. La visión romántica de la locura es una crueldad para quienes hemos estado locos.

La hipótesis Hiperia (que no es una hipótesis, sino una tesis demostrada), como cualquier elemento que revolucione la ciencia en cualquier época de la Historia, se encuentra con el rechazo de los intereses establecidos, mucho más poderosos a corto plazo que la verdad. Pero ya no hay camino de vuelta. Por fin se puede responder en este complicado espacio de experiencia al requerimiento de Galileo de ‘medirlo todo’. Lo que molesta de Hiperia –a quienes molesta- no es su acientificidad, sino todo lo contrario, su total rigor científico. Las tradiciones y experiencias místicas, la inspiración artística y algunas enfermedades mentales muy graves pueden ahora ser observadas con los ojos de la ciencia.

Poco importa si quien la ha formulado tira la toalla… Otros seguirán su camino.

J. L.

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