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Hiperia y Drogas

Aldous Huxley destaca la sorprendente similitud entre las vivencias experimentadas por él bajo el efecto de la mescalina y las que describen los místicos cuando aluden a sus experiencias místicas extraordinarias:

Me vinieron a la mente palabras tales como Gracia y Transfiguración […]. La Visión Beatífica, Sat Chit Ananda, Ser-Conocimiento-Bienaventuranza. Por primera vez comprendía, no al nivel de las palabras, no por indicaciones incoadas o a lo lejos, sino precisa y completamente, a qué hacían referencia estas prodigiosas sílabas.

Analicemos todavía una cita más de Huxley en la que encontramos, no sólo ese sentimiento de consciencia cósmica del que tantas veces nos han hablado los místicos, sino la convicción de haber adquirido un conocimiento que queda grabado en la mente con tal fuerza que ya nunca más se extingue:

Contemplé un poco de arena que había tomado en  mi mano y, de pronto, advertí la exquisita belleza que había en cada uno de sus granos […]. De pronto mi conciencia fue levantada desde adentro y vi de una manera muy viva que todo el universo estaba hecho de partículas de material que, por muy insulsas y sin vida que nos pudieran parecer, estaban llenas de esta intensa y vital belleza. Durante un par de segundos todo el mundo se me manifestó como una intensa y vital llamarada. Cuando ésta se extinguió, me dejó con algo que nunca he olvidado y que constantemente me habla de la belleza encerrada en cada una de las insignificantes motitas de materia que nos rodean.

Dada la enorme similitud de las vivencias que ocurren en dos áreas de la vida del hombre aparentemente tan alejadas una de otra, como son el consumo de tóxicos y el proceso místico, nada nos debe extrañar que los distintos investigadores hayan mostrado su sorpresa ante tan paradójica correlación. Algunos se decantan por concluir que se trata simplemente del mismo proceso. Así, Eugène-Bernard Leroy equipara las vivencias místicas, concretamente las llamadas visiones intelectuales, con las que se experimentan bajo el efecto de psicotóxicos:

Las emociones de entusiasmo intelectual, de gran facilidad para las operaciones mentales, de euforia en general, parecían acompañar constantemente la visión intelectual de las verdades abstractas; ahora bien, estas emociones aparecían de forma muy neta en ciertos sueños y en ciertas intoxicaciones sin que pudiesen ser atribuidas a ningún mecanismo lógico.

También Jean Houston y Robert Masters, tras experimentar largamente con LSD y comprobar repetidamente la similitud existente entre las vivencias que este alucinógeno despierta en el cerebro y las que acontecen espontáneamente en los místicos, llegan a la conclusión de que existe una paradójica relación entre consumo de drogas y vivencia religiosa:

Al igual que otros muchos investigadores del LSD, no nos proponíamos investigar las experiencias religiosas o místicas; pero muy pronto nos encontramos obligados a llevar a cabo extensos y serios estudios de la psicología de la experiencia religiosa. Teníamos que hacerlo si esperábamos comprender lo que sucedía con sujetos cuyas descripciones de profunda unión mística con Dios no se explicaba adecuadamente mediante nociones como la despersonalización somatopsíquica o la disolución del ego, etiquetas que, dentro de la psiquiatría convencional, se encargan de describir psicopatologías graves. Algunas de las afirmaciones de encuentro con Dios, con la Razón de ser, con la Realidad absoluta, iban acompañadas de cambios de personalidad profundos y benéficos.

¿Qué podemos concluir ahora con respecto a la similitud entre fenomenología de las drogas y fenomenología mística? ¿Cómo interpretar esta llamativa coincidencia? ¿Qué tienen de común ambos procesos? ¿Por qué siempre las mismas manifestaciones psíquicas en los dos, cómo explicar esta sorprendente correlación? Para nosotros la respuesta es clara: en uno y otro caso se pone en marcha el funcionamiento hipérico de nuestro cerebro: en el místico de forma espontánea, en el consumidor de tóxicos mediante el empleo de un estímulo químico que no viene sino a reforzar una función que existe ya de por sí en nuestro cerebro.

La válvula reductora de Huxley que explicábamos ayer, los neuropsicólogos lo llaman inhibición latente: un mecanismo cerebral encargado de filtrar el paso a toda la información que considera inútil o innecesaria para la vida cotidiana, ya que es tanta la información que nuestro sistema nervioso central recibe a cada momento que es de todo punto imposible enfocar la atención en cada detalle.

A la mente de las personas con un nivel de inhibición latente normal no llega toda esta información innecesaria. En cambio, la mente de las personas con bajos niveles de inhibición latente recibe tal cantidad de información que les resulta imposible procesarla toda para, luego, transformar en un proceso de razonamiento lógico, que es el modo de funcionar cognitivamente cuando estamos despiertos. El resultado es que cuando la válvula reductora está demasiado relajada, es decir, el efecto inhibición latente está disminuido, la consciencia del sujeto ya no es capaz de seguir funcionando conforme los aprioris kantianos de espacio, tiempo y relación causa-efecto y deja de razonar de una forma lógica,  pasando a un modo de conciencia en el que el tiempo, el espacio y la relación causa-efecto dejan de existir. Este es el modo de razonamiento que tenemos, por ejemplo, cuando soñamos o durante un estado psicótico alucinatorio-delirante.

De hecho la teoría de inhibición latente ha sido  empleada por numerosos investigadores para explicar cómo se genera de la esquizofrenia. Estos  investigadores hipotetizan que en los pacientes esquizofrénicos el efecto inhibición latente se halla muy disminuido. En consecuencia su mente está recibiendo a cada momento tal cantidad de estímulos que son incapaces de procesarlos adecuadamente. Esta hipótesis explica bien el síndrome positivo de de la esquizofrenia

Esta explicación de la esquizofrenia ha dado lugar a muchísimas investigaciones acerca del papel que juegan los distintos neurotransmisores con respecto a la mayor o menor efecto inhibición latente. De hecho, hay muchas evidencias de que las sustancias que refuerzan la actividad neurotransmisora de la dopamina (anfetaminas, mescalina. LSD, etc.) disminuyen potentemente el efecto inhibición latente, mientras que los medicamentos que debilitan la neurotransmisión dopaminérgica (todos los fármacos antipsicóticos) refuerzan intensamente ese efecto de inhibición latente.

En resumen, hay muchos indicadores que apuntan a que podemos tener muy diferentes niveles y, consecuentemente, intensidades de conciencia. Parece que los mismos dependen en buena medida del grado de actividad de dopamina que haya en nuestro cerebro en cada momento, si bien recientes teorías apuntan a que los neurotranmisores finalmente responsables de este mayor o menor nivel de conciencia son los del glutamato. En efecto, la dopamina sería siendo un mero intermediario con respecto a los neurotransmisores y receptores glutamatérgicos: a más dopamina, más actividad glutamatérgica y, por tanto, más excitabilidad neuronal  y cerebral en general. Por el contrario, cuanta menos actividad dopamina, menos actividad glutamatérgica y, por tanto, más inhibición neuronal y menos actividad cerebral.

Durante los sueños o en las psicosis productivas, como la esquizofrenia paranoide aguda, habría un deficit de inhibición latente, con una alta actividad cerebral. En cambio, en las psicosis negativas o deficitarias, como la esquizofrenia simple, ocurriría lo contrario: efecto de inhibición latente más alto de lo habitual, con la consiguiente disminución de la actividad cerebral y por tanto funciones cognitivas, volitivas y emocionales muy apagadas.

Decíamos en el tweet de ayer que el cerebro actúa como válvula que filtra y elimina la mayor parte de los estímulos que le llegan en cada momento, y que la medicación psicotropa reforzaba la actuación de este filto, mientras que las drogas de recreo la relajaba.

Para comprender esta cuestión, en primer lugar, nada mejor que transcribir la siguiente descripción de Aldoux Huxley en Las puertas de la percepción:

Al reflexionar sobre mi experiencia, me sentí de acuerdo con el eminente filósofo de  Cambridge Dr. C. D. Broad en que “haríamos bien en considerar más seriamente de lo que hemos estado inclinados a hacerlo, el tipo de teoría que Bergson presentó en relación con la memoria y la percepción de los sentidos”. Según estas ideas la función del cerebro, el sistema nervioso y los órganos sensoriales es principalmente eliminativa, no productiva. Cada persona, en cada momento, es capaz de recordar cuanto le ha sucedido y de percibir cuanto está sucediendo en cualquier parte del universo. La función del cerebro y del sistema nervioso es protegernos, impedir que quedemos abrumados y confundidos, por esta masa de conocimiento en gran parte inútiles y sin importancia, dejando fuera la mayor parte de lo que de otro modo percibiríamos o recordaríamos en cualquier momento y admitiendo únicamente la muy reducida y especial selección que tiene probabilidades de sernos prácticamente útil.

Conforme a esta teoría, cada uno de nosotros es potencialmente Inteligencia Libre. Pero, en la medida en que somos animales, lo que nos importa es sobrevivir a toda costa. Para que la supervivencia biológica sea posible, la Inteligencia Libre tiene que ser regulada mediante la válvula reducidora del cerebro y del sistema nervioso. Lo que sale por el otro extremo del conducto es un insignificante hilillo de esa clase de conciencia que nos ayudara a seguir con vida en la superficie de este planeta. Para formular y expresar el contenido de este reducido conocimiento, el hombre ha inventado e incesantemente elaborado esos sistemas de símbolos y Filosofía implícitas que denominamos lenguajes. Cada individuo se convierte enseguida en el   beneficiario y la víctima de la tradición lingüística en la que ha nacido.

Lo que en el lenguaje de la religión se llama “este mundo” es el universo del conocimiento reducido, petrificado por el lenguaje. Los diversos “otros mundos” con los que los seres humanos entran de modo errátil en contacto, son otros tantos elementos de la totalidad del conocimiento pertenecientes a la Inteligencia Libre. La mayoría de las personas sólo llegan a conocer, la mayor parte del tiempo, lo que pasa por la válvula reductora y está consagrado como genuinamente real por el lenguaje del lugar. Sin embargo, ciertas personas parecen nacidas con una especie de válvula adicional que permite trampear a la reductora. Hay otras personas que adquieren transitoriamente el mismo poder, sea espontáneamente sea como resultado de  “ejercicios espirituales”, de la hipnosis o de las drogas. Gracias a estas válvulas auxiliares permanentes o transitorias discurre, no, desde luego, la percepción de “cuando está sucediendo en todas las partes del universo -pues la válvula auxiliar no suprime a la reductora que sigue excluyendo el contenido total de la Inteligencia Libre-, sino algo más -y sobre todo algo diferente del material utilitario-, cuidadosamente seleccionado, que nuestras estrechas inteligencias individuales consideran como un cuadro completo, o por lo menos suficiente, de la realidad.

El estudio de las diferentes vertientes de la actividad humana en las que se manifiesta la hiperia, quedaría incompleto si no dedicáramos ahora un capítulo al tema de la relaciones existentes entre hipersincronía neuronal y consumo de drogas- En efecto, las vivencias que venimos describiendo, y que hemos interpretado y colocado bajo el amplísimo paraguas de la hiperia, son exactamente las mismas que se despiertan en nuestro cerebro con el consumo de diferentes sustancias psicotóxicas, ya sean drogas de recreo, ya drogas de uso farmacológico.

En esta sección se ofrece una detallada descripción de las características fenomenológicas que presentan las vivencias psíquicas desencadenadas por el consumo de drogas, para asá poder compararlas luego con las vivencias similares que describen los místicos, los artistas y los enfermos mentales.

Son muchos los autores que se han sentido subyugados por la asombrosa fenomenología de las vivencias que generan en nuestro cerebro las diferentes drogas: entre las muy numerosas obras dedicadas a esta cuestión, hemos de destacar sin duda el soberbio y extenso estudio que, con el título de Du haschish et de l´aliènation mentale, escribió Moreau de Tours a mediados del siglo XIX sobre los efectos psíquicos del hachís, así como el interesante ensayo de Aldous Huxley titulado “Las puertas de la percepción“. En todas estos escritos se pone de manifiesto que las vivencias que ocasionan las drogas son exactamente las mismas, tanto por sus contenidos como por sus rasgos fenomenológicos, que se suscitan en las descargas cerebrales hipersincrónicas: efectivamente, a poco que el lector haya prestado atención, habrá caído en la cuenta de que tras la ingesta de alcohol, cannabis, cocaína, heroína, éxtasis, etc. aparecen precisamente los automatismos hipersincrónicos que vienen siendo objeto de análisis a lo largo de este estudio.

Las vivencias despertadas por las drogas son en algunas ocasiones intensamente penosas desde el punto de vista psíquico y, así, hallamos descritos ataques de pánico, angustiosas vivencias de despersonalización, alucinaciones terroríficas acompañadas del correspondiente estado de ánimo, súbitos y muy profundos estados de tristeza y desesperación. Como ejemplo de todas ellas, citemos el caso de la siguiente impulsión de suicidio experimentada por Moreau de Tours bajo el efecto del cannabis:

“Viendo una ventana abierta en la habitación en la que me encontraba, me vino de repente la idea de que, si yo quería, podría lanzarme por ella. Pedí inmediatamente que la cerrasen, pues en el fondo de esta idea sentía ya como una impulsión naciente, con la convicción íntima de que podría haber cedido a la fuerza de la misma de haber sido un poco más intensa la excitación”.

Esta vivencia ocurrida bajo el efecto de hachís es tan enormemente parecida a la experimentada tres siglos antes por San Ignacio en Manresa, pero en aquella ocasión sin droga alguna, que debería hacernos reflexionar.

Ahora bien, otras muchas veces las vivencias desencadenadas por los psicotóxicos son altamente placenteras y se acompañan de los sentimientos de gozo propios del éxtasis, siendo éste el motivo de su consumo… ¡incluso del nombre que se le da a alguna de ellas en los ambientes de consumo! Pues bien, hemos de notar que este carácter de placer extático que ocasionan las drogas proviene en buena medida, no tanto del propio contenido vivencial, como del hecho de ser experimentada esa vivencia con la intensidad y la nitidez enormes que caracterizan las vivencias hipersincrónicas. Asá, Huxley nos ofrece el siguiente ejemplo de placer extático bajo el efecto de la mescalina:

“Me detuve luego en un cuadro algo menos conocido y no muy bueno: Judit. Mi atención se sintió atraída y miré con fascinación, no a la pálida y neurótica heroína, sino a la purpúrea seda del corpiño y de las largas faldas, agitadas por el viento de la figura principal. Aquellos pliegues eran algo que ya había visto antes. Lo había visto esta misma mañana, entre las flores y los muebles, cuando bajé la vista por casualidad y miré luego apasionadamente mis propias piernas entrecruzadas. ¡Qué laberinto de complejidad infinitamente significativa eran aquellos pliegues de mis pantalones! Y ¡qué rica, qué profunda y misteriosamente suntuosa era la textura de la franela gris! Y todo esto se hallaba de nuevo aquí, en el cuadro de Boticelli”.

Podríamos seguir desgranando citas de vivencias hipéricas o hipersincrónicas bajo el efecto de los psicotóxicos de manera indefinida, pues precisamente es este funcionamiento hipérico del cerebro lo que se busca al consumir estas sustancias, hábito humano que se pierde en la noche de los tiempos. De hecho la inmensa mayoría de nosotros podemos aportar las propias experiencias hipéricas experimentadas bajo el efecto, ya sea del alcohol, ya de otras drogas de consumo menos extendido. Por cierto, un servidor experimentó ,hace ya muchos años y tras haber consumido cannabis, una impulsión suicidaria en forma de temor a perder el control y tirarse por la ventana, con una intensidad tal que tuvo que taparse por completo con la ropa de la cama, cabeza incluida, para de ese modo ni siquiera poder ver aqueella ventana que le atraía irresistiblemente. Cuando muchos años después encontró descrita una vivencia exactamente igual, primero en San Ignacio y luego en Moreau de Tours, no pudo por menos de reflexionar: ¿cómo es posible que una vivencia tan sumamente elaborada y, a la vez, tan inusual, compleja y extraordinaria, se repita de la misma exacta manera en el cerebro de de una persona que vivió en el siglo XVI, otra del XIX y una tercera del XXI? ¿Por qué el mismo automatismo hipersincrónico, exactamente el mismo, en los tres?

El hecho de que las drogas pongan en marcha el funcionamiento hipersincrónico del cerebro, suscita en sonmostros, además, otros importantes interrogantes: ¿cómo es posible que nuestro cerebro disponga de neuro-receptores específicos para los distintos tipos de drogas? En efecto, nuestras neuronas disponen de una serie de puntos determinados y concretos que, al ser ocupados por la sustancia específica que encaja en cada uno de esos espacios, cual se acoplan diferentes llaves a sus correspondientes cerraduras, generan una vivencia hipérica. ¿Por qué el cerebro ha desarrollado tales puntos de neuro-recepción para estas sustancias hiperizantes? Y todaía más sorprendente: ¿por qué nuestro cerebro es capaz de sintetizar por sí mismo la mayoría de estas sustancias? ¿No es lógico interpretar este complejo sistema de neurotransmisores y neuro-receptores como la estructura neurofisológica sobre la que asienta una compleja actividad cerebral, como puede ser la función de la hiperia que nosotros proponemos?

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