Asociación Nueva Psiquiatría · Por un nuevo modelo en el sistema de salud mental

Hiperia y enfermedad mental

PREGUNTA DEL LECTOR:

Hay un tema que me preocupa y sobre el que me asaltan muchas preguntas: dónde acaba la hiperia y comienza la enfermedad mental.

Mucha gente dice que los “artistas están un poco locos”, y la mayoría piensa que los místicos están locos perdidos. Vd., como científico, exige un punto de vista más riguroso.

Pero por ejemplo, en el caso de alguien internado en una unidad de salud mental con el diagnóstico de ‘psicosis’, y que –la persona internada- esté convencida de estar viviendo una experiencia mística. ¿Cómo puede saber uno mismo con certeza, y cómo pueden saber los demás, cuándo una ‘crisis’ es psicótica o es mística? ¿Podrían darse las dos consecutivamente, es decir, que una experiencia mística no asimilada derivase en una psicosis? ¿Y podrían darse ambas simultáneamente?

Puesto que habla de hiperia tanto en artistas y místicos como en enfermos mentales, ¿pueden diferenciarse una hiperia saludable de una hiperia patológica? Si es así, ¿cómo distinguirlas?

Podríamos estar condenando al infierno de la enfermedad mental a grandes artistas y místicos o, al revés, podríamos estar elevando a enfermos mentales a la categoría de artistas y místicos. Más aún cuando los mayores artistas y místicos casi siempre han sido incomprendidos en su tiempo.

RESPUESTA DE NUEVAPSIQUIATRÍA:

El tema que plantea usted en esta consulta es muy importante y exige abordar dos cuestiones axiales: la primera -la existencia de hipersincronías “saludables”- es el quid de NUEVAPSIQUIATRÍA, mientras que la segunda -el concepto de enfermedad- es nuclear para toda la medicina.

La gran innovación de NUEVAPSIQUIATRÍA es que concibe como fisiológicas, y por tanto normales o saludables, producciones psíquicas que hasta el presente vienen siendo consideradas patológicas y, por ende manifestación de una enfermedad, por el conjunto de la comunidad neurocientífica.

El problema radica en que la concepción tradicional, y todavía vigente, de las hipersincronías hipéricas como epilépticas o psiquiátricas, y por tanto patológicas, no permite explicar una serie de hechos anómalos: ¿cómo es posible que el deja vu pueda ser síntoma de enfermedad epiléptica cuando hay un electroencefalograma (EEG) concordante y una manifestación psíquica normal cuando no se ha hecho dicha exploración? O es epilepsia o es una producción psíquica normal, pues el diagnóstico no puede depender de un EEG, sino que se decide por las manifestaciones clínicas. Y la clínica, es decir, la fenomenología del deja vu es exactamente la misma haya EEG o no. Ahora bien todos hemos tenido experiencias de déjà vu a lo largo de nuestra vida, así que o somos todos epilépticos o este falso recuerdo hay que considerarlo fisiológico.

Además del deja vu, como ejemplo para argumentar el carácter fisiológico de las manifestaciones hipéricas, podrían  citarse otros muchos, tales como el orgasmo, el kindling, la potenciación a largo término, la hipersincronía delta del sueño profundo que posibilita la memoria de retención, etc. Pero no vamos a extendernos más en un punto que se ha repetido ya muchas veces.Por tanto, las manifestaciones hipéricas no son, en principio, expresión de una enfermedad (ni epiléptica, ni psiquiátrica, como las conciben hoy los neurocientíficos), sino de una actividad fisiológica. Ahora bien, la propia NUEVAPSIQUIATRÍA sostiene que puede llegar un momento en que las hipersincronías hipéricas constituyan síntomas de una enfermedad. Pero, ¿cuál es ese momento? ¿Cuándo  una manifestación física: por ejemplo, un dolor, o psíquica: por ejemplo: ansiedad, deja de ser normal y pasa a ser concebida como manifestación de una enfermedad?

Nos encontramos en este punto ante una de las cuestiones más difíciles y controvertidas de la medicina: el concepto de enfermedad. ¿Qué es una enfermedad? ¿Cuándo podemos decir que una persona está enferma? La respuesta es: hoy por hoy no hay definición de enfermedad. Mejor dicho: hay miles de definiciones de enfermedad y ninguna de ellas, por tanto, es satisfactoria. Se ha llegado, incluso, a definir como enfermo a la “persona que va al médico”… ¡y no es de las peores!

Ante todas estas posibles definiciones, NUEVAPSIQUIATRÍA sigue la del médico-filósofo español Pedro Laín Entralg de enfermedad como “un modo aflictivo y anómalo de vivir, reactivo a una determinada alteración del cuerpo psico-orgánica” (LAÍN ENTRALGO, P.: Antropología médica, Salvat, Barcelona, 1985, 224).

El problema de esta definición es delimitar en qué consiste la “alteración del cuerpo psico-orgánica”, es decir, cuándo una función corporal ha dejado de ser fisiológica y pasa a ser considerada una alteración: ¿hay alguna alteración corporal que determine la hipertensión arterial esencial? ¿hay alguna alteración corporal que determine en qué momento un estado afectivo, por ejemplo de depresión, es debido a una alteración corporal?

Pese a estas limitaciones, y conforme a esta definición, las vivencias hipéricas se considerarán señales o síntomas de una enfermedad cuando resulten tan insoportables para el sujeto que generen en él “un modo aflictivo y anómalo de vivir”.

Por ejemplo, la noche pasiva del espíritu que describe san Juan de la Cruz, pese a corresponderse con lo que hoy podríamos diagnosticar como depresión melancólica grave, el místico carmelita parece que fue capaz de asumirla sin que condicionase en él un modo enfermizo de vivir. Por tanto, esas fases de dolorosa purgación pasiva no constituyeron en su caso una enfermedad. Ahora bien, si bajo el peso de esa aflicción él no hubiese sido capaz de seguir sdelante con su vida monástica y hubiera necesitado asistencia médica, en ese caso le habrían diagnosticado una melancolía, que era como se denominaba la depresión en el siglo XVI.

Lo mismo se podría decir de cualquier otra manifestación hipérica: crisis de gozo y bienestar extático, estados alucinatorios agudos, súbitas cogniciones delirantes: el paradigma psiquiátrico actualmente vigente las califica de enfermedad, pero NUEVAPSIQUIATRÍA dice que no son enfermedad, a menos que por su frecuencia o intensidad acaben constituyendo “un modo aflictivo y anómalo de vivir”.

En realidad, la psiquiatría actual ya tiene en cuenta esta condición y, para que determinados síntomas psiquiátricos se consideren enfermedad, exige que los mismos produzcan un deterioro significativo de la vida laboral y/o social del sujeto que las experimenta.

Creo que ahora ya disponemos de información para responder a sus preguntas (continuará mañana):

Preguntaba usted:

– ¿Cómo puede saber uno mismo con certeza, y cómo pueden saber los demás, cuándo una crisis es psicótica o es mística? Para NUEVAPSIQUIATRÍA la diferencia viene determinada por la capacidad del sujeto para integrar esa experiencia de forma constructiva (experiencia mística) o destructiva (crisis psicótica) en el conjunto de su vida.

– ¿Podrían darse las dos consecutivamente, es decir, que una experiencia mística no asimilada derivase en una psicosis? Por su puesto que sí: lo que podría haber sido considerado, por ejemplo, un episodio de crecimiento en el desapego, puede ser vivido como una depresión psicótica. De todos modos, despego o depresión, es bien sabido que no sabemos qué es lo que realmente nos hizo bien hasta pasado muchos años.

– ¿Y podrían darse ambas simultáneamente? La respuesta es también positiva, puesto que lo que en principio resulta positivo y enriquecedor para la personalidad de ese sujeto, a partir de un momento dado puede volverse destructivo y generador de un modo enfermizo de vida.

Para NUEVAPSIQUIATRÍA la dicotomía mística/versus crisis psicótica carece de importancia: concibe ambos estados como un continuum con un pasaje naturalde uno a otro. El problema lo tiene la psiquiatría tradicional, que concibe estos estados como compartimentos estancos. Si a ello se añade que, por definición, las manifestaciones hipéricas son psicopatológicas para la actual psiquiatría, el resultado es que prácticamente el 100% de los psiquiatras que examinen a un sujeto con alucinaciones y/o ideas delirantes van a interpretar ese cuadro como una psicosis, sin entrar a valorar si esas manifestaciones psíquicas constituyen un elemento positivo o una interferencia negativa en la vida sociolaboral de esa persona.

¿Cómo no va a estar enfermo un joven alucinado y delirante que acude angustiado a pedir ayuda a los padres? “¡Bastante interferencia vital es que la familia tenga que traerlo a urgencias en estas circunstancias, sin que haya necesidad de indagar nada más!”, puede pensar inconscientemente el psiquiatra que lo valora.

Las cosas serían muy distintas con la propuesta de NUEVAPSIQUIATRÍA: si fuese ese el paradigma vigente, todo el mundo -adultos, jóvenes, educadores psicopedagogos, psicólogos- estarían habituados a concebir esas alucinaciones e ideas delirantes como manifestaciones psíquicas normales. Así que, cuando un chico acude al profesor, o al psicopedagogo o a los padres a quejarse de la angustia que le producen esas vivencias, la respuesta de todas estas personas no tiene nada que ver con la actual, que es llevarlo urgentemente a que lo atienda un psiquiatra. Conforme al paradigma de la NUEVAPSIQUIATRÍA, la respuesta es tranquilizar al chaval para ayudarle a asumir esas vivencias de forma integradora y constructiva.

Sólo en el caso de este enfoque integrador resultase fallido, por ejemplo porque son vivencias tan intensas que el sujeto se muestra completamente incapaz de asumirlas y hay entonces peligro de que deterioren su personalidad y modo de vida, sólo en ese caso pasarían a ser interpretadas como patológicas y se buscaría la correspondiente ayuda médica o psicológica.

En mi práctica clínica me he encontrado con bastantes pacientes que llegan con el diagnóstico de esquizofrenia paranoide con “ideas delirantes de carácter místico-religioso”. Recuerdo, por ejemplo, el caso de un varón de unos cuarenta años, con un cociente intelectual límite, en el que la única alteración comportamental que alegaba la familia era el ostensible y fervoroso recogimiento que adoptaba para dar gracias a Dios antes de cada comida. Durante los más de diez años que lo seguí yo estuvo sin medicación alguna, puesto que yo entendía que sus vivencias religiosas eran vividas de forma ego-sintónica por él y, no sólo no deterioraban su vida, sino que le ayudaban a darle sentido a la misma. Eso sí, nos veíamos cada cierto tiempo para recordarle que no convenía exteriorizase innecesariamente sus convicciones religiosas, dado el riesgo de que eso volviese a interpretarse como una alteración del comportamiento por “ideas delirantes”.

Pero… ¡qué difícil es navegar contracorriente!  Me consta que muchos de estos “pacientes”, cuando luego son seguidos por un psiquiatra, digamos, más “clásico”, vuelven a  soportar una fuerte carga de medicación anti-psicótica.

No me jacto de nada. Lo que quiero dar a entender es que mientras estas actuaciones sean hechos aislados sirven de poco. Son de utilidad en ese caso particular, pero mientras no se consiga un diferente enfoque hacia la enfermedad mental por parte del conjunto de la psiquiatría, no se podrá decir que hemos conseguido una mejora significativa en el tratamiento de este doloroso problema.

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