Asociación Nueva Psiquiatría · Por un nuevo modelo en el sistema de salud mental

490 Iria

Inconsistencias Psiquiátricas

A lo largo de la historia asistencial del enfermo mental se han cometido despropósitos de tal magnitud que todavía hoy siguen constituyendo una de las más vergonzantes lacras de la actuación del hombre. Serían comprensibles, aunque no justificables, las aberraciones cometidas en épocas previas al advenimiento de la psiquiatría moderna: quema de brujas, de manera ocasional y salvaje, por parte de masas populares descontroladas; pero, también, quema de endemoniados, esta vez de forma metódica y programada, bajo la dirección de santos y doctos tribunales inquisitoriales, ya sean de la Iglesia Romana o de la Calvinista o de cualquier otra.

Urbain Grandier, párroco de de Loudun, fue acusado de haber endemoniado a las monjas ursulinas de su ciudad. Pese a ser sometido a horribles torturas, se declaró inocente hasta el final. Murió quemado vivo en la hoguera en 1634, durante la Francia del cardenal Richelieu.

Pero lo que resulta de todo punto incomprensible es que la asistencia psiquiátrica puesta en marcha con la llegada de la llamada psiquiatría científica haya degenerado en extravíos tales que, a posteriori, uno se siente inclinado a pensar que un modelo asistencial así tuvo que ser fruto de mentes carentes de la más mínima sensibilidad humana, cuando lo cierto es que aquel tipo de asistencia psiquiátrica nació de los pensamientos más progresistas y altruistas de la Revolución Francesa: en efecto, la psiquiatría como rama de la medicina nace a finales del siglo XVIII, en época de plena liberté, égalité fraternité, como un intento de proteger y mejorar el trato dado a los enfermos mentales, que permanecían hasta entonces en cárceles y calabozos mezclados con todo tipo de delincuentes. Con esta sana intención y bajo los auspicios del psiquiatra francés Philippe Pinel, cuyo gesto de romper las cadenas de los enfermos mentales del Hospital de Bicêtre ha pasado a la historia, nace el asylum o manicomio, que es concebido como el lugar ideal para conseguir la recuperación de la alienación mental, enfermedad que por aquel entonces se pensaba que era debida a una degeneración moral.

Pinel liberando a los locos de Bicêtre de sus cadenas.

Lo que este tipo de asistencia logró dar de sí es de sobra conocido de todos: en la primera mitad del siglo XX, es decir, poco más de cien años después de su creación, los innumerables manicomios que habían florecido por todas partes albergaban, sólo en Europa y Estados Unidos, más de un millón de supuestos enfermos mentales, los cuales permanecerín allí encerrados de por vida, siendo objeto de un proceso de institucionalización forzosa que terminaba por eliminar el más mínimo vestigio de individualidad.

Comedor Hospital de Manhattam Sala estar hospital de Manhattan Comedor hospital de Cleveland.

Antonin Artaud, célebre escritor francés, y él mismo enfermo mental que permaneció recluido en diferentes manicomios más de quince años, la primera vez de los dieciocho a los veinticuatro años (¿?), se dirige a los directores médicos de estos establecimientos en los siguientes términos: “Todos sabemos que los manicomios, lejos de ser asilos, son terribles cárceles donde los reclusos constituyen una fuente de mano de obra gratuita, y donde la brutalidad es la norma, y ustedes toleran todo eso. Un asilo mental, bajo el pretexto de la ciencia y de la justicia, es comparable a un cuartel, a una prisión, a una colonia de esclavos”. Este macabro espectáculo, en el que el hombre parece dejar de reconocerse a sí mismo, queda bastante bien reflejado en la película Alguien voló sobre el nido del cuco. Todavía hoy podemos escuchar a algún paciente decir: “No, no, nada de hospital psiquiatrico. Antes prefiero ir a la cárcel… al menos allí sé cuando voy a salir!”

Podría parecer que nos hallamos en la antesala de las fatídicas duchas de Auswtich. Pero no, es simplemente… ¡la sala de estar del Hospital Psiquiátrico de Philadelphia!

Con este panorama, nada ha de extrañarnos que hacia mediados del siglo XX, justamente cuando la psiquiatría manicomial alcanza su máximo esplendor, se ponga en marcha una corriente psiquiátrica que, autocalificándose de antipsiquiatría, preconiza la necesidad de acabar con esta rama de la medicina. En efecto, los antipsiquiatras, partiendo de agudos análisis fenomenológicos de la esquizofrenia, por un lado, y de interesantes estudios sociológicos de la psiquiatría manicomial, por otro, concluyen que es la sociedad la que está alienada y que los enfermos mentales, muy especialmente los esquizofrénicos, son precisamente las únicas personas que han conseguido liberarse de esa alienación social generalizada. Por tanto, a la psiquiatría le corresponde el papel de policía intelectual del sistema, cuya finalidad es reintegrar a los esquizofrénicos, y a los enfermos mentales en general, al redil donde se encuentran el resto de los normales-alienados. De ahí que la antipsiquiatría, para terminar con esta aberración asistencial, haya llegado a proponer medidas tan desproporcionadas, e inhumanas, como quemar los manicomios con toda la miseria que encierran en su interior… ¡incluidos los psiquiatras!

Los lectores interesados por este movimiento psiquiátrico, y todo psiquiatra en formación con un mínimo de sensibilidad debería estarlo, pueden consultar las obras de los tres autores nucleares de la antipsiquiatría: Psiquiatría y antipsiquiatría de David Cooper y El yo dividido de Ronald Laing, así como cualquiera de los escritos de Franco Basaglia referentes a su tarea como director del manicomio de Gorizia. Es muy interesante también el trabajo del sociólogo Ervin Goffman ,Internados, en el que se analiza la capacidad alienadora de diferentes instituciones cerradas, muy especialmente la del manicomio. También merece la pena conocer la obra del psiquiatra húngaro, afincado en Norteamérica, Thomas SzaszEl mito de la enfermedad mental.

Se le ha criticado a la antipsiquiatría, aparte de su extremismo, el haber adoptado la actitud nihilista de acabar con todo lo que suene a psiquiatría, postura que lleva a un callejón sin salida. Pero lo cierto es que este movimiento contribuyó, en buena medida, al punto final de la psiquiatría manicomial y el consiguiente advenimiento de la psiquiatría comunitaria, en la que “no separar al enfermo mental de su comunidad natural” constituye el principio rector y fundamental.

Del asilo psiquiátrico, o manicomio, ha de quedarnos bien grabada esta lección: nunca más un establecimiento cerrado para tratar al enfermo mental. En efecto, por muy encomiable que haya sido la motivación inicial con que se puso en marcha, la inevitable mediocridad del diario funcionamiento humano, acabará por transformar esta institución cerrada en una máquina de destruir personas: si alguien cree que exageramos, que se tome la molestia de visitar alguna de las salas de enfermos mentales crónicos que todavía quedan en nuestros antiguos hospitales psiquiatricos y podrá ver allí, con sus propios ojos, cientos de personas que, sin huella ni rastro, deambulan de aquí para allá, incesantemente, camino de ninguna parte.

Superadas estas dramáticas condiciones del pasado, al menos en gran parte del llamado mundo desarrollado, la psiquiatría sigue propiciando todavía hoy otras actuaciones que son perjudiciales para los enfermos que las sufren, muy especialmente el uso de determinados diagnósticos que resultan por sí mismos deteriorantes y que, aunque justificados en determinados casos muy concretos, son otras muchas veces aplicados a pacientes a los que realmente no les corresponde, con el consiguiente perjuicio para los mismos, y ello debido, no a mala práctica psiquiátrica, sino a la tremenda ambigüedad conceptual de los sistemas de clasificación de las enfermedades mentales.

Efectivamente, las actuales Clasificaciones de los Trastornos Psiquiátricos (CIE-10 y DSM-IV) provienen de la que hizo Emil Kraepelin a principios del siglo XX, con pequeños añadidos de Eugen Bleuler y de Kurt Schneider acerca de los síntomas primarios de la esquizofrenia. La clasificación de Kraepelin, al proponer solamente dos grandes grupos de psicosis endógenas (psicosis esquizofrénicas y psicosis maniacodepresivas), deja fuera otras muchas enfermedades mentales que poseen también características endógenas, es decir, que son de carácter heredo-constitucional y, afectando a la globalidad psicofísica de la persona, cursan de forma recurrente y repetitiva. Estas psicosis a las que ahora nos estamos refiriendo, las denominadas bouffées délirantes de los autores franceses, al no haber sido contempladas como un tercer grupo de psicosis endógenas, son frecuentemente diagnosticadas como esquizofrenias, lo cual constituye un grave error y un grave perjuicio para estos enfermos, pues por más que sean muy parecidas a los trastornos esquizofrénicos en cuanto a los síntomas, sin embargo son muy diferentes de éstos en lo que se refiere al pronóstico: en efecto, a diferencia de las verdaderas esquizofrenias, estas psicosis remiten siempre sin dejar ningún deterioro. Pues bien, aunque las actuales clasificaciones internacionales contemplan la posibilidad de diagnosticar estos cuadros de buen pronóstico como un trastorno psicótico agudo diferente a los trastornos esquizofrénicos, esta solución no resuelve el problema, pues, si bien en un primer acceso suelen ser diagnosticados de esa manera, al tratarse de episodios recurrentes y repetitivos, cuando el acceso se ha repetido ya varias veces cumple entonces los criterios diagnósticos de esquizofrenia, con lo que frecuentemente se acaba imponiendo este segundo diagnóstico.

Ahora bien, digan lo que digan algunos psiquiatras, el diagnóstico de esquizofrenia es en sí mismo portador de un rechazo social tan intenso, que acaba deteriorando a quien lo “padece”. Este es un dato innegable que ningún psiquiatra puede ignorar: cada vez que oímos a un psiquiatra joven, generalmente nada más terminar su especialidad, decir que los diagnósticos psiquiátricos no estigmatizan al paciente, que eso son tonterías de la antipsiquiatría, nosotros no podemos evitar echarnos a temblar. A poca experiencia clínica que uno tenga, sabe el tremendo rechazo social que provoca el diagnóstico de esquizofrenia. Todos conocemos casos de compañeros nuestros, médicos y enfermeras, a los que, tras habérseles diagnosticado en algúin momento de esquizofrenia, no se les vuelve a renovar su contrato de trabajo. En alguno de ellos se llega a dar la tremenda paradoja de que lo contratan para trabajar en la atención sanitaria primaria (medicina ambulatoria), pero no en la especializada (medicina hospitalaria). Comentando este extremo con compañeros de otras especialidades, la mayor parte de ellos han reaccionado de igual manera, que cabe sintetizar con la exclamación que espontáneamente se le escapó al más vehemente de todos ellos: “Tú dirás lo que quieras de que no son peligrosos, pero yo jamás me metería en un quirófano con un cirujano esquizofrénico”.

Y no solo el público y los profesionales de la sanidad lo ven de esa manera, sino que incluso los propios enfermos metales rechazan a los esquizofrénicos, como hemos tenido ocasión de comprobar en reuniones de asociaciones de enfermos mentales. Efectivamente, yo he participado en la creación de alguna de estas asociaciones, concretamente de enfermos con trastorno bipolar, y en más de una ocasión durante la etapa de la redacción de los estatutos he oído decir a estos enfermos: “los criterios de inclusión tienen que quedar muy claros, no sea que luego se nos cuelen también los esquizofrénicos y acaben echándolo todo a perder”. Es decir, el concepto esquizofrenia se sigue asociando hoy, de manera generalizada, con peligrosidad evidente lo que se traduce en el consiguiente rechazo social. Además, es sinónimo de locura con lo que al portador de ese diagnóstico se le supone incapaz de hacer una vida normal. Y de hecho, nuestras consultas están llenas de pacientes todavía jóvenes que, tras haber sido diagnosticados en su primera juventud de esquizofrenia y cargar diez o quince años con ese estigma, deambulan por la vida sin trabajo ni oficio, sin pareja, sin amigos y casi sin familia, a nos ser unos padres, más frecuentemente una madre, que envejecen atormentándose ante el oscuro futuro que le aguarda a su hijo. Y todos los psiquiatras, mejor dicho, la mayoría, nos hemos repetido cientos de veces: “Éste deterioro, que no es un verdadero deterioro intelectual como el de la demencia, sino una incapacidad para funcionar socialmente, se debe a la propia enfermedad o es, más bien, la consecuencia del tremendo rechazo social que ha provocado el diagnóstico?”

Esquizofrenia, diagnóstico estigmatizante e invalidante

La actual concepción de los trastornos esquizofrénicos resultó poco convincente desde el momento mismo de su nacimiento, siendo muchísimos los autores que vienen desde entonces intentando sustituirla por un modelo conceptual más operativo y, en la práctica, menos perjudicial. Afortunadamente en los ultimos años se han conseguido avances muy significativos en esta línea, hasta el punto que se vislumbra ya el final de la esquizofrenia, la cual quedaría fragmentada, al menos, en dos cuadros clínicos bien diferenciados:

  1. Un síndrome positivo, en el que predominarían los síntomas productivos, entendiendo por sintomatología productiva la aparición de vivencias psíquicas nuevas, es decir: junto las manifestaciones del psiquismo ordinario aparecen otras manifestaciones psíquicas a mayores, como pueden ser delirios, alucinaciones, bloqueos o exaltaciones del conjunto de las funciones psicomotrices, etc. El síndrome positivo sería de buen pronóstico, es decir, no produciría deterioro cognitivo y, además, responden muy bien al uso de f?rmacos antipsicóticos.
  2. Un síndrome negativo, que estaría caracterizado por sintomatología defectual, es decir: faltan algunas de las manifestaciones del psiquismo ordinario, con síntomas tales como ausencia o aplanamiento de los sentimientos, abulia, alogia o imposibilidad de realizar razonamientos lógicos etc. Este síndrome negativo, deteriorante y con un pronóstico mucho más severo, sería el heredero de la antigua esquizofrenia, si bien su incidencia es muy escasa.

Pues bien, Nuevapsiquiatría que aquí se plantea constituye un nuevo e importante paso en esta misma línea, al proponer una etiopatogenia determinada para este síndrome positivo, contribuyendo así a deslindarlo todavía más y mejor del síndrome negativo. Por tanto, estamos hablando ya de dos síndromes completamente diferentes, tanto por su etiopatogenia, como por la evolución, por el pronostico y por la respuesta tratamiento. Se intuye, pues, un futuro no muy lejano en el que el concepto esquizofrenia haya desaparecido ya.

De todo modos, y entre tanto la completa desaparición del criterio diagnóstico esquizofrenia no sea ya una realidad consumada, nosotros adoptaremos respecto a la esquizofrenia la misma actitud que antaño mantuvo Catón el Viejo respecto a Cartago: en efecto, habiendo sido testigo presencial de cómo los cartagineses habían estado punto de acabar con Roma, y guardando buena memoria histórica de ello, este excónsul romano estaba convencido de que la mera existencia de la ciudad enemiga seguía constituyendo un peligro real para el imperio romano. De ahí que preconizase la necesidad de destruir dicha ciudad y aprovechase cualquier oportunidad para ello, terminando todos sus discursos, viniese o no a cuento, siempre con la misma exclamacin: ¡delenda est Cartago!, ¡Cartago debe ser destruida! Aunque no vivió para verlo, alcanzó su propósito y pocos años después de su muerte Cartago fue arrasada con una minuciosidad tal que los arqueólogos sólo han conseguido encontrar pequeños restos de lo que antaño fuera la mayor y más rica ciudad del Mediterraneo africano.

Pues, exactamente igual nosotros respecto a la esquizofrenia: vivamos o no para verlo, aprovecharemos cualquier audiencia para exclamar ¡delenda est esquizofrenia!, ¡la esquizofrenia ha de ser destruida!

Superadas estas dramáticas condiciones del pasado, al menos en gran parte del llamado mundo desarrollado, la psiquiatría sigue propiciando todavía hoy otras actuaciones que son perjudiciales para los enfermos que las sufren, muy especialmente el uso de determinados diagnósticos que resultan por sí mismos deteriorantes y que, aunque justificados en determinados casos muy concretos, son otras muchas veces aplicados a pacientes a los que realmente no les corresponde, con el consiguiente perjuicio para los mismos, y ello debido, no a mala práctica psiquiátrica, sino a la tremenda ambigüedad conceptual de los sistemas de clasificación de las enfermedades mentales.

Efectivamente, las actuales Clasificaciones de los Trastornos Psiquiátricos (CIE-10 y DSM-IV) provienen de la que hizo Emil Kraepelin a principios del siglo XX, con pequeños añadidos de Eugen Bleuler y de Kurt Schneider acerca de los síntomas primarios de la esquizofrenia. La clasificación de Kraepelin, al proponer solamente dos grandes grupos de psicosis endógenas (psicosis esquizofrénicas y psicosis maniacodepresivas), deja fuera otras muchas enfermedades mentales que poseen también características endógenas, es decir, que son de carácter heredo-constitucional y, afectando a la globalidad psicofísica de la persona, cursan de forma recurrente y repetitiva. Estas psicosis a las que ahora nos estamos refiriendo, las denominadas bouffées délirantes de los autores franceses, al no haber sido contempladas como un tercer grupo de psicosis endógenas, son frecuentemente diagnosticadas como esquizofrenias, lo cual constituye un grave error y un grave perjuicio para estos enfermos, pues por más que sean muy parecidas a los trastornos esquizofrénicos en cuanto a los síntomas, sin embargo son muy diferentes de éstos en lo que se refiere al pronóstico: en efecto, a diferencia de las verdaderas esquizofrenias, estas psicosis remiten siempre sin dejar ningún deterioro. Pues bien, aunque las actuales clasificaciones internacionales contemplan la posibilidad de diagnosticar estos cuadros de buen pronóstico como un trastorno psicótico agudo diferente a los trastornos esquizofrénicos, esta solución no resuelve el problema, pues, si bien en un primer acceso suelen ser diagnosticados de esa manera, al tratarse de episodios recurrentes y repetitivos, cuando el acceso se ha repetido ya varias veces cumple entonces los criterios diagnósticos de esquizofrenia, con lo que frecuentemente se acaba imponiendo este segundo diagnóstico.

Ahora bien, digan lo que digan algunos psiquiatras, el diagnóstico de esquizofrenia es en sí mismo portador de un rechazo social tan intenso, que acaba deteriorando a quien lo “padece”. Este es un dato innegable que ningún psiquiatra puede ignorar: cada vez que oímos a un psiquiatra joven, generalmente nada más terminar su especialidad, decir que los diagnósticos psiquiátricos no estigmatizan al paciente, que eso son tonterías de la antipsiquiatría, nosotros no podemos evitar echarnos a temblar. A poca experiencia clínica que uno tenga, sabe el tremendo rechazo social que provoca el diagnóstico de esquizofrenia. Todos conocemos casos de compañeros nuestros, médicos y enfermeras, a los que, tras habérseles diagnosticado en algúin momento de esquizofrenia, no se les vuelve a renovar su contrato de trabajo. En alguno de ellos se llega a dar la tremenda paradoja de que lo contratan para trabajar en la atención sanitaria primaria (medicina ambulatoria), pero no en la especializada (medicina hospitalaria). Comentando este extremo con compañeros de otras especialidades, la mayor parte de ellos han reaccionado de igual manera, que cabe sintetizar con la exclamación que espontáneamente se le escapó al más vehemente de todos ellos: “Tú dirás lo que quieras de que no son peligrosos, pero yo jamás me metería en un quirófano con un cirujano esquizofrénico”.

Y no solo el público y los profesionales de la sanidad lo ven de esa manera, sino que incluso los propios enfermos metales rechazan a los esquizofrénicos, como hemos tenido ocasión de comprobar en reuniones de asociaciones de enfermos mentales. Efectivamente, yo he participado en la creación de alguna de estas asociaciones, concretamente de enfermos con trastorno bipolar, y en más de una ocasión durante la etapa de la redacción de los estatutos he oído decir a estos enfermos: “los criterios de inclusión tienen que quedar muy claros, no sea que luego se nos cuelen también los esquizofrénicos y acaben echándolo todo a perder”. Es decir, el concepto esquizofrenia se sigue asociando hoy, de manera generalizada, con peligrosidad evidente lo que se traduce en el consiguiente rechazo social. Además, es sinónimo de locura con lo que al portador de ese diagnóstico se le supone incapaz de hacer una vida normal. Y de hecho, nuestras consultas están llenas de pacientes todavía jóvenes que, tras haber sido diagnosticados en su primera juventud de esquizofrenia y cargar diez o quince años con ese estigma, deambulan por la vida sin trabajo ni oficio, sin pareja, sin amigos y casi sin familia, a nos ser unos padres, más frecuentemente una madre, que envejecen atormentándose ante el oscuro futuro que le aguarda a su hijo. Y todos los psiquiatras, mejor dicho, la mayoría, nos hemos repetido cientos de veces: “Éste deterioro, que no es un verdadero deterioro intelectual como el de la demencia, sino una incapacidad para funcionar socialmente, se debe a la propia enfermedad o es, más bien, la consecuencia del tremendo rechazo social que ha provocado el diagnóstico?”

Esquizofrenia, diagnóstico estigmatizante e invalidante

La actual concepción de los trastornos esquizofrénicos resultó poco convincente desde el momento mismo de su nacimiento, siendo muchísimos los autores que vienen desde entonces intentando sustituirla por un modelo conceptual más operativo y, en la práctica, menos perjudicial. Afortunadamente en los ultimos años se han conseguido avances muy significativos en esta línea, hasta el punto que se vislumbra ya el final de la esquizofrenia, la cual quedaría fragmentada, al menos, en dos cuadros clínicos bien diferenciados:

  1. Un síndrome positivo, en el que predominarían los síntomas productivos, entendiendo por sintomatología productiva la aparición de vivencias psíquicas nuevas, es decir: junto las manifestaciones del psiquismo ordinario aparecen otras manifestaciones psíquicas a mayores, como pueden ser delirios, alucinaciones, bloqueos o exaltaciones del conjunto de las funciones psicomotrices, etc. El síndrome positivo sería de buen pronóstico, es decir, no produciría deterioro cognitivo y, además, responden muy bien al uso de f?rmacos antipsicóticos.
  2. Un síndrome negativo, que estaría caracterizado por sintomatología defectual, es decir: faltan algunas de las manifestaciones del psiquismo ordinario, con síntomas tales como ausencia o aplanamiento de los sentimientos, abulia, alogia o imposibilidad de realizar razonamientos lógicos etc. Este síndrome negativo, deteriorante y con un pronóstico mucho más severo, sería el heredero de la antigua esquizofrenia, si bien su incidencia es muy escasa.

Pues bien, Nuevapsiquiatría que aquí se plantea constituye un nuevo e importante paso en esta misma línea, al proponer una etiopatogenia determinada para este síndrome positivo, contribuyendo así a deslindarlo todavía más y mejor del síndrome negativo. Por tanto, estamos hablando ya de dos síndromes completamente diferentes, tanto por su etiopatogenia, como por la evolución, por el pronostico y por la respuesta tratamiento. Se intuye, pues, un futuro no muy lejano en el que el concepto esquizofrenia haya desaparecido ya.

De todo modos, y entre tanto la completa desaparición del criterio diagnóstico esquizofrenia no sea ya una realidad consumada, nosotros adoptaremos respecto a la esquizofrenia la misma actitud que antaño mantuvo Catón el Viejo respecto a Cartago: en efecto, habiendo sido testigo presencial de cómo los cartagineses habían estado punto de acabar con Roma, y guardando buena memoria histórica de ello, este excónsul romano estaba convencido de que la mera existencia de la ciudad enemiga seguía constituyendo un peligro real para el imperio romano. De ahí que preconizase la necesidad de destruir dicha ciudad y aprovechase cualquier oportunidad para ello, terminando todos sus discursos, viniese o no a cuento, siempre con la misma exclamacin: ¡delenda est Cartago!, ¡Cartago debe ser destruida! Aunque no vivió para verlo, alcanzó su propósito y pocos años después de su muerte Cartago fue arrasada con una minuciosidad tal que los arqueólogos sólo han conseguido encontrar pequeños restos de lo que antaño fuera la mayor y más rica ciudad del Mediterraneo africano.

Pues, exactamente igual nosotros respecto a la esquizofrenia: vivamos o no para verlo, aprovecharemos cualquier audiencia para exclamar ¡delenda est esquizofrenia!, ¡la esquizofrenia ha de ser destruida!

En los últimos treinta años han ido gestándose desde el campo investigador de diferentes neurociencias, especialmente la neuropsicofarmacología, evidencias más y más consistentes cada día, las cuales resultan incompatibles con determinados postulados psiquiátricos tradicionales, produciéndose así una contradicción entre los planteamientos de ambas neurociencias. Podríamos resumir estas incoherencias mediante las siguientes interrogaciones:

  1. ¿Cómo es posible que algunos psiquiatras, todavía hoy, sigan ignorando prácticamente todo cuanto se ha venido publicando en los últimos treinta años acerca de la acción anticonvulsivante, no sólo de los inhibidores de la recaptación de la serotonina (ISRSs), sino también los antidepresivos tricíclicos, y sigan creyendo de manera generalizada que ambas familias de fármacos son proconvulsivantes?
  2. ¿Cómo puede ser que la psiquiatríaa siga concibiendo la manía y la depresión como entidades antitéticas en cuanto a su patogenia y, por ende, postulando que los fármacos antidepresivos pueden hacer virar una depresión a manía, cuando son cada vez más numerosas y evidentes las pruebas de que ambos cuadros clínicos responden por igual a los mismos fármacos? ¿Acaso no han demostrado los fármacos anticonvulsivantes, también llamados fármacos antiepilépticos, muy especialmente el valproico y la lamotrigina, su eficacia para tratar tanto la depresión como la manía? ¿No están siendo usados prácticamente todos los anticonvulsivantes como reguladores del humor que previenen las recaídas tanto depresivas como maníacas? Por tanto, del hecho de que la manía y la depresión sean claramente antitéticos desde el punto de vista clínico (en efecto, los síntomas de una son el reverso o imagen especular de los síntomas de la otra), no cabe inferir, como se viene haciendo, que también patogénicamente son antitéticas y que, por tanto, responderán de modo opuesto ante un mismo fármaco. He aquí una falacia psiquiátrica que arrastramos desde hace más de cien años y que, según apuntan todos estos datos neuropsicofarmacológicos, está a punto de caer.
  3. ¿ A qué se debe que los fármacos empleados por neurólogos y epileptólogos para el tratamiento de la epilepsia, y que ellos denominan fármacos antiepilépticos, sean luego todos ellos incorporados de forma sistemática al arsenal terapéutico de los psiquiatras, ahora bajo el nombre de reguladores del humor, para prevenir y tratar diversos cuadros psiquiátricos?

Pues bien, la Nuevapsiquiatría que iremos desarrollando a la lo largo de este estudio, al proponer que todos estos cuadros son de naturaleza epiléptica, constituye la respuesta lógica e inmediata a todas estas incongruencias.

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