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Domingo, 28 de Noviembre de 2021

Una visión muy particular de la esquizofrenia por alguien que benditamente la “sufre” desde hace más de veintidós años.

Raúl Doral Perales, 2º EASD

1/ El hecho en sí mismo

Nada grande acontece en la vida de los mortales sin una maldición.
Sófocles.

Mi primer encuentro con la locura -o brote psicótico- ocurrió en 1998, cuando yo tenía 19 años. El breve poema de Leopoldo María Panero que transcribo a continuación, sintetiza muy bien lo que aquel acontecimiento supuso para mí:

“El loco mirando desde la puerta del jardín

“Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento,
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros,
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina.”

Este gran poeta español (Madrid 16 de junio de 1946- Las Palmas de Gran Canaria, 5 de marzo de 2014), diagnosticado de esquizofrenia y muy admirado por mí, representa muy bien lo que yo siento sobre mi enfermedad, que es algo completamente azaroso que irrumpió en mi vida y como tal hecho lo acepto. Aquí creo que este gran poeta y literato cuando habla de “ruina” se refiere a la locura o a la esquizofrenia. He de decir que durante muchos años de mi vida he sentido que mi esquizofrenia paranoide era mi ruina, mi maldición; pero hoy en día la considero una verdadera bendición, pues soy lo que soy y me encuentro en un nivel de profundidad al que poca gente se atreve a ahondar, gracias en buena parte a esta supuesta enfermedad, pues observar de cerca nuestras partes oscuras, nuestros demonios interiores es doloroso y da mucho miedo; pero creo que es completamente necesario no solo conocerlos, sino también aceptarlos, para aprender a querernos a nosotros mismos por completo, con nuestras luces y nuestras sombras.

Este proceso de autoaceptación no fue nada fácil. Cuando pasó el brote psicótico, se me juntaron la conciencia de haberme vuelto loco con la durísima verdad de que la mujer amada durante cinco dolorosos e interminables años, jamás iba a formar parte de mi vida. Y sentía tan triste como real que aquella relación habría sido mi única oportunidad de ser feliz. Y, por consiguiente, que nunca lo sería en la vida. De tan intenso, lacerante e inefable dolor surgió en mí, de manera tan totalmente inconsciente como vehemente, salvaje, ingobernable e irreprimible una intensa necesidad de vomitar todo ese brutal sufrimiento en forma de nueve o diez torpes poemas antes de que dicho sufrimiento me destruyera. Y ahí comenzó mi hermoso idilio, mi verdadero amor: la pasión por escribir.

“Dicen que a través de las palabras el dolor se hace más tangible, que podemos mirarlo como a una criatura oscura, tanto más ajena a nosotros cuanto más cerca la sentimos”.

En estas anteriores palabras entrecomilladas y en negrita de un tema de Nach, un rapero español (el tema se titula En la cuerda floja y son las frases finales que parecen de una película que no sé cuál es), se encuentra la razón de por qué hallé tanto consuelo en esos torpes poemas y por qué he seguido encontrándolo durante muchos años de mi vida; hasta el punto que hoy día experimento un gozo y un placer maravillosos al escribir y ya no solo como terapia, sino como diletante en literatura y  poesía que quizás algún día escriba algo que sea digno de ser publicado; pues no descarto el ser escritor, poeta o las dos cosas algún día; de hecho ya lleva años rondándome por la cabeza la idea de escribir mi historia de superación en forma de novela de auto-ficción o algo por el estilo.

Volviendo al tema de sentir que la esquizofrenia es la ruina, al igual que la concebía Leopoldo María Panero, quizás este poema propio explique mejor que yo esta larga percepción que sentí como verdad absoluta durante demasiados años:

Hoy

Hoy la noche es oscura y helada, negra e infinita;
hoy el frío traspasa todo mi ser de punta a punta,
como si me hubieran empalado con una lanza de duro hielo.
Hoy la paciencia se me ha vuelto a escapar como si un pájaro rebelde fuera.
Hoy se me ha secado el corazón de tanto amor reprimido,
el pozo sin fondo de mi desgracia llenado a lágrima viva.
Hoy no soy capaz de quererme…
¿Seré yo la causa última de mi insufrible desesperación?
Hoy la presión lacerante, oprimente y desquiciante
 aplasta mis sienes con vehemencia inconmensurable.
Hoy no tengo ganas de vivir: la ilusión aniquilada por enésima vez;
la esperanza desterrada para siempre de mi espíritu;
la bondad infinita que devuelvo al mundo
me es violentamente escupida con maldad consciente e injusta.
Hoy solo deseo dormir para dejar de existir aunque solo sea,
¡pobre de mí!, durante unas horas.
Hoy se me acaban las fuerzas;
mi energía vital intenta reaccionar ante tan inexorable sufrimiento
por el único error  del que se me tacha constante y salvajemente:
haberme vuelto loco.            
Me siento tan acorralado como un feroz y valiente lobo herido
ante los rifles de cien mil cazadores.
Inevitablemente dudo de mí:
¿merece cualquier ser humano tanta mala suerte
o esta infinita, eterna y cíclica soledad?

Pero esta pasión por escribir no ha sido siempre tan idílica. Estuve escribiendo a diario durante todo el año 2012, como consecuencia positiva de haber dejado de drogarme. Pero a los pocos meses de haber comenzado, y a causa del estado ansioso-depresivo que me había generado el dejar las drogas, esos escritos ya no eran terapéuticos, ya no me ayudaban. Muy al contrario, me estaba autodestruyendo a través de la palabra, de describir mi sufrimiento a través de ellas. Y un día, en esa época, al releer varios de esos escritos tuve la impactante certeza de que o dejaba de escribir o la palabra acabaría conmigo. Comprendí horrorizado que el poder de la palabra puede ser tan sanador como destructor. Y esto me mantuvo demasiados años alejado del acto de escribir que tanto había disfrutado y al que cogí verdadero pavor. Pero como pasa con los amores verdaderos, la palabra volvió paulatinamente a mí y no yo a ella, pues mis intentos de acercarme a ella eran infructuosos, pues ya no disfrutaba escribiendo, había perdido la pasión por hacerlo. Hasta que como digo la palabra, la poesía, la literatura, volvieron a mí para rescatarme y ser de nuevo uno con ellas. Muestra de ello es este poema, que trata de representar la indiferencia absoluta que sentí durante los primeros años después del brote y que me anulaba por completo y me hacía insoportable la existencia:

Indiferencia

Te arrastras hacia mi sigilosa pero segura,
pausada, tranquila sabiendo que entrarás en mi alma
por muchos esfuerzos que haga contra ti.
Indiferencia absoluta: me tienes a tu merced.
Conviertes mi campo visual en meros objetos inertes,
transformas a las personas en tótems de potente imparcialidad.
Me sobran los motivos para no aceptarte
pero a ti te da igual, mantienes tu control a mi pesar.
Lucho contra tu esencia para arrancarte de mi piel
cansado de tantos días fotocopiados y monótonos,
cualquier intento de sentimiento muere atrapado
en tus redes como pez en el inmenso océano.
Ese océano de neblina constante que hunde mis ilusiones
en lo más profundo de tu fosa abisal,
mis motivaciones se ahogan en tu espuma grisácea
de desamparo y enorme vacío que inunda mi cuerpo.
No te quiero indiferencia. ¡Te odio!
Maldita ramera que vuelves a mí apagando mi vitalidad,
convirtiendo mis sonrisas en simples gestos de hastío y resoplidos de fatiga espiritual,
elevando mi alma a un triste esbozo de lo que pudo llegar a ser.
No me derrotarás de nuevo, ya acabé harto de ti
durante esos interminables meses en que congelaste mi corazón hasta tal límite
que dejé de sentir como deja de alumbrar el sol cuando se pone en el Ártico.
Sabes que no te deseo: ¡vuélvete indiferente hacia ti misma y anúlate!

2/ La lucha contra el estigma

Que todos mis amigos me dejaran de llamar y por consiguiente, de quedar conmigo por el único “delito” de haberme vuelto loco, hizo estallar en mis narices el estigma hacia esta enfermedad mental. La locura es algo que da mucho miedo. ¿Quién no ha sentido alguna vez pavor ante la sensación de estar perdiendo el control? Hasta tal punto da miedo que tus más allegados amigos, que te conocen desde hace años se alejan de ti cuando saben que estás pasando por tu peor momento vital. Pero no los culpo, de hecho con la mayoría he recuperado la amistad o por lo menos, con los que no, mantengo un trato cordial y afectuoso cuando nos vemos. Un brote psicótico es una experiencia muy traumática tanto para el que la sufre como para su entorno cercano y nadie sabe gestionarlo, por eso no culpo a nadie. Pero esa sensación de soledad me embargaba profundamente y el siguiente poema (que por cierto, fue uno de esos nueve o diez primeros torpes poemas que escribí como forma de exorcizar mi dolor inmediatamente después de dicho brote) la refleja certeramente:

La soledad

Solo me siento cuando solo estoy,
acompañado estoy si no tengo a nadie.
Me he acostumbrado tan excesivamente a estar conmigo mismo
que me echo en falta si no me encuentro… terrible soledad.
Si la soledad fuera alegre no habría motivos para estar triste,
pero lo tiñe todo de gris y de ausencia.
Sentir que no tienes a nadie en quien apoyarte
produce una extraña e irremediable sensación de indiferencia.
Indiferente me siento casi todo el tiempo
y aunque lo quiera evitar no puedo, ya que esa extraña
separación que va creciendo con los días producida por la soledad
puede conmigo y me hace sentir extraño ante los demás.
¿A quién importo yo? ¿Hay alguien que se acuerde de mí?
¿Por qué aunque necesite a mis amigos, continúa venciendo la soledad?
¿Por qué “amigos” míos se han olvidado de mí por completo?
Preguntas que trae la soledad.
Lo que más me asusta y me llena de tristeza
es el ir acostumbrándome a esta Soledad,
a ver todo indiferente, extraño, lejano, pasado…
no quiero que me atrape por completo este ambiguo sentimiento.
Ambiguo porque a veces es necesaria y otras odiosa;
porque a veces da felicidad pero muchas otras tristeza;
porque nunca se la llama y ella aparece sin invitación;
porque parece querer hacernos ver  quién de verdad nos quiere pero no lo consigue.
La soledad lleva luego a la duda, y esta nos transporta
hacia la desconfianza y, en ocasiones de profunda nostalgia y melancolía,
después a la desesperación. Es un viaje bastante oscuro
y quizá solo la amistad sepa el camino de retorno.
Esta soledad me arrebata las expectativas, las ganas de hacer cosas,
porque sin amigos yo no puedo concebir la vida plenamente.
Pero al menos, algo me da: la oportunidad
de conocerme y sentirme muy a gusto conmigo mismo.
Esto es para mí la soledad, aunque como todos los sentimientos
es indefinible y bastante difícil de expresar.
Tampoco veo la poesía como un fin, así que me conformo
con dar esta visión particular y desesperanzada.

Esta soledad y el estigma de la esquizofrenia me llevaron a sentirme solamente un enfermo mental, todas las demás parcelas y aptitudes de mi vida fueron anuladas por la esquizofrenia. Cada visita al psiquiatra, su frialdad y su necesidad de sentirse empoderada ante mí (o al menos esa era mi percepción) no ayudaban nada. Tengo que decir a su favor, y siendo ecuánime, que con los años nuestra relación mejoró ostensiblemente, pues es una persona con una gran calidad humana, y al final era una relación prácticamente de igual a igual. Ya no existía esa barrera que la psiquiatría occidental crea y a la que también contribuye el propio psiquiatra, porque he tenido siete en total y sólo ella (junto a otra psiquiatra que tuve en el Hospital de día José Germain de Leganés) ha tenido la paciencia, delicadeza y bondad  necesarias para tratarme; pues yo a causa de negar mi enfermedad me ponía a la defensiva y veía cada consulta como un campo de batalla. Por eso reconozco que cuando una profesión es vocacional la persona que tiene esa sincera vocación ayudará mucho, sea en la profesión que sea.

Aun así, esta frialdad de las primeras citas (que por otro lado era imposible de romper, pues mi bloqueo emocional y cognitivo no permitían otro tipo de abordamiento de mi enfermedad en ese momento) me llevó poco a poco a adoptar el rol de paciente sumiso que acata todo lo que le dicen sin cuestionarse nada. Hasta este punto llega el estigma, a que la propia concepción de muchos psiquiatras de sus pacientes es el de meramente eso: ¡un paciente! Y como consecuencia de ello ante cualquier manifestación del tipo “me siento triste”, “o estoy algo nervioso últimamente”, sus respuestas reflejas sean “toma estos antidepresivos o “toma estos ansiolíticos”.

Creo que la psiquiatría tradicional adolece de falta de humanismo, de empatía. Siempre he pensado que tanto la psiquiatría como la psicología son ciencias demasiado jóvenes y que no tienen unos cimientos sólidos como puedan tener las matemáticas o la física. Y lo que sí que puedo asegurar, debido a mis veintidós años padeciendo esta supuesta enfermedad, es que la calidad humana del psiquiatra o del psicólogo es vital para la recuperación o mejora del paciente: si el profesional es una persona bondadosa y tiene vocación te ayudará, pero si es una persona egoísta que ve su trabajo como un mero sustento económico, tratará al paciente como un número más y no le proporcionará ayuda alguna.

 Mi experiencia personal no se basa en un solo psiquiatra pues (como ya he dicho) he sido tratado por siete psiquiatras distintos y todos tienen en mayor o menor medida esa obsesión de tratar al enfermo mental solo con psicofármacos, aunque esto por suerte está cambiando y cada vez se le da más importancia a la psicoterapia y la veo tan necesaria e, incluso, con más poder sanador que los simples medicamentos, aunque reconozco que es un tema controvertido y del que no tengo casi ningún conocimiento científico.

El siguiente poema de la gran poetisa Princesa Inca (pionera en visibilizar la esquizofrenia en España, pues también la padece) da una visión de cómo el estigma de la esquizofrenia puede arruinar y de hecho arruina muchas vidas de enfermos mentales, que debido a dicho estigma no salen de ese autorreduccionismo que les lleva a considerarse sólo un enfermo mental. Ese autoreduccionismo que yo también he sufrido durante muchos años y al que la propia psiquiatría, la psicología, la sociedad, los medios de comunicación e incluso los propios familiares del paciente contribuyen y muchas veces son causa directa del estigma:

A los que se quedaron dormidos en el nunca

A los que se quedaron dormidos en el nunca,
a los que sueñan sus verdades y se las niegan,
a los que tienen mucho miedo
y lloran por cualquier cosa
y se oculta la cara de vergüenza.
A los tímidos,
a los solos, a los raros,
a los que dudan y dudan
y les llaman inmaduros, débiles.
A los que duermen en la fría cama del psiquiátrico,
a las madres que cogen las manos de su hijo ingresado.
Os digo: que no nos vendan verdades, que la verdad no existe.
La Verdad y la Razón son creaciones del ser humano,
para doler, para medir.
Hay que luchar contra el silencio y la ignorancia,
no somos enfermos.
¿Quién tiene la verdad absoluta, la realidad absoluta?
¡Que la muestre, que la enseña si puede!
¡Es mentira, mentira, no existe!
A los que llevan cicatrices por haberse rajado las venas,
a los que consiguieron no rajárselas.
A las que están paralizados de angustia,
paralizados para ser, amar, soñar.
A los que llaman vagos, idiotas, locos, débiles.
No escuchéis la voz de los que viven sólo para tener.
A los que por ansiedad fuman dos paquetes diarios.
A los que no son sociables, ni aptos, ni lúcidos,
ni extrovertidos, ni empáticos, ni asertivos, ni normales.
A los que nunca superarán un test psicotécnico,
a los que llevan medicación en el bolso y el monedero vacío,
a los que están atados a una cama y no nos oyen.
A los psiquiatras que abrazan a sus pacientes
y pidieron alguna vez consejo al que llamaron esquizofrénico. 
A los que tenemos certificado de disminución
y leemos a Lorca y a Nietzsche y lo que haga falta.
A los que no soportan el túnel y se fueron para siempre,
a los que atravesamos cada día el túnel
agarrados aunque sea a las paredes negras.
A todos los que saben o quieren escucharnos
y no se fían de los manuales, libros, tesis,
estudios y estadísticas.
A los psicólogos que dan besos.
A los que ya hemos transitado por el infierno y el cielo
y no queremos volver más allí.
Y sobre todo,
a todas las pupilas dilatadas de tanta química
que miran aturdidas y absortas, pero tienen la luz más hermosa.
A todos os digo:
“No existe la locura sino la gente que sueña despierta”.

Princesa Inca, de su poemario La mujer-precipicio.

3/ El milagro: la natación como tabla de salvación literal de mi vida

Intentar explicar cómo tuve un instante de lucidez en mi vida que provocó que dejara de de drogarme y cómo, pese a muchos años de lucha y sufrimiento, superé esa etapa y ahora tengo una vida completamente plena y feliz es inefable; por eso lo denomino “El milagro”. Ese clic que hubo en mi cabeza fue milagroso y tengo amigos que, sin ninguna enfermedad mental, siguen atrapados en esa infernal vorágine de drogas y autodestrucción, incapaces de pararla, cada vez más destrozados física y psicológicamente. Yo dejé las drogas sin ninguna ayuda profesional, sólo amparado en que era la única forma de reconquistar mi vida. Todavía no me explico de donde saqué las fuerzas para emprender tan titánica batalla y salir victorioso, por eso vuelvo a hacer hincapié en llamarlo “El  milagro”.

Aun siendo madrileño siempre he tenido una estrecha relación con el mar. Con tres meses el monitor de natación de mi hermano me cogió de los brazos de mi madre y me lanzó al agua y yo salí a flote como si nada. Bueno como si nada no, me costó un constipado bastante grande. Todo esto según me ha contado mi madre pues con tres meses no tengo recuerdos de  aquello. Mi abuela paterna era valenciana, de un pueblo de Alicante: Villajoyosa. Hasta los once años tuvimos la casa de mi abuela allí, con lo cual antes de cumplir el año ya había conocido el mar. Todos los veranos íbamos un mes y todos los días íbamos a la playa. La  playa y el mar siempre han significado para mí diversión y libertad. Con cuatro o cinco años mi padre me enseñó a nadar en el mar, sin tener él mucha idea de cómo hacerlo, pero aún así fui capaz de aprender.

Un verano nos fuimos mis padres, mi hermano, mis tíos y mis primos a Holanda en coche. El día que visitamos Rotterdam era un día nublado y lluvioso pero mi hermano, mis primos y yo nos empeñamos en bañarnos en el Mar del Norte, pues no sabíamos si tendríamos más oportunidades de hacerlo en nuestra vida. Fui el primero que se metió en el mar. Fue uno de los días más felices de mi vida. Recuerdo otro día de ese mágico verano en un camping de Amsterdam en el que mi hermano, mis primos y yo decidimos bañarnos en la piscina del camping, cuya agua estaba helada pues era un día bastante frío para ser verano. Decidimos que a la de tres los cuatro nos tiraríamos a la piscina, sin yo saber que habían acordado previamente y sin comunicármelo no tirarse al agua. Cuando llegué a las tiendas de campaña mojado la bronca de mis padres y mis tíos fue de aúpa, pero mereció la pena.

Mis mejores vacaciones siempre han sido junto al mar y aunque me encanta también la montaña,  prefiero con creces el mar. Con diecisiete años, gracias a un amigo, conocí Cádiz. Fuimos a Caños de Meca, a la que llamaban “playa de los hippies”, a acampar varios días haciendo nudismo. Nos gastamos  casi todo el dinero en alcohol y hachís, comiendo lo justo.  Estuvimos en septiembre quince días en esta playa acampados, con la única obligación de ir a por leña al pinar al atardecer para hacer una hoguera por la noche para cocinar y disfrutar del fuego. No creo que llegue nunca a sentir una sensación de libertad tan absoluta como en esos días, en pleno contacto con la naturaleza y en concreto con el mar. A la semana nos quedamos casi sin comida y sin tabaco y la madre de mi amigo vivía en un pueblo cercano, Conil de la Frontera, al que fuimos en auto stop para comprar tabaco al estanco y coger algo de comida de casa de  su madre.  Su hermano nos convenció para que nos quedáramos a ver una película y mi amigo y yo no queríamos, estábamos ansiosos por volver a nuestro paraíso, pero fue tan pertinaz que  al final accedimos. A la media hora de estar viendo la película, de repente, tuve una sensación que jamás he vuelto a experimentar pero qué fue tan inquietante como poderosa: me sentía completamente encerrado en aquella casa, con una sensación de claustrofobia muy desasosegante; había algo dentro de mí que me impelía a volver cuanto antes a la playa de Caños de Meca, a seguir viviendo en libertad la semana que nos quedaba. Acabamos de ver la película sin que esta sensación de incomodidad desapareciera y en el camino de vuelta en auto stop hablando con mi amigo resultó que  tuvo exactamente la misma sensación. Sé que a día de hoy, aunque vaya al hotel más lujoso del mundo, no volveré a tener unas vacaciones como aquellas en las que no tuvimos  casi  nada pero fuimos completamente libres.

Después de ese verano llegó mi brote  psicótico, con él mi depresión y mi bajada a los infiernos a través de las drogas.  Incluso en épocas de mucho consumo de alcohol y hachís (Nota de NuevaPsiquiatría: el subrayado en negrita es nuestro, para destacar que no se cumple el criterio E de esquizofrenia y por tanto fue un diagnóstico erróneo) recuerdo veranos en que iba a la piscina  municipal de Getafe (cuando todavía no había piscina climatizada) y nadaba  a lo ancho de la misma pesando unos ciento diez kilos, esquivando a la gente porque en verano se llena mucho la piscina y me hacía mis diez, catorce, dieciocho o veinte largos como  mucho.  Esto lo hice varios veranos seguidos pero en invierno dejaba de nadar. Cada vez que iba a la playa, fuera la que fuera, siempre disfrutaba de nadar unos minutos, de quince a veinte, pues mi estado de forma debido a mi sobrepeso y mi consumo de tabaco, alcohol y drogas no era muy bueno y no me permitían nadar demasiado.  Pero cuando empecé a a experimentar el trastorno ansioso-depresivo que ya he comentado, y que fue debido a dejar los ansiolíticos qué calmaban  la ansiedad que me había producido el dejar las drogas, comencé a nadar en la ahora ya piscina climatizada de Getafe. Me costó muchísimo coger el hábito. Iba un día a nadar,  me tiraba diez días sin ir; iba dos días en una semana y me tiraba dos semanas sin ir… Pero poco a poco fui notando las endorfinas que segregas al hacer deporte. Fui encontrando cierto alivio de estas insufribles sensaciones  de ansiedad y depresión, de mucha angustia.  En esta época llegué a nadar cuatro horas a la semana pesando  ciento diez kilos, nadando muy lento pero sin parar. Poco a poco fui mejorando la técnica gracias a un amigo monitor de esta piscina y a los consejos de Samuel, el socorrista, pero aplicados de manera autodidacta pues nunca he recibido clases de natación.

En esta época iba algún verano a Cabo de Gata, en Almería,  y llegaba a nadar una hora o algo más en el mar.  Aunque me encanta nadar en la piscina,  nadar en el mar es incomparable.  A día de hoy no encuentro mayor sensación de libertad que nadando en el mar.  Encuentro algo mágico al desenvolverme en  un medio que no es el natural del ser humano.  Me siento tranquilo, sosegado, en paz conmigo mismo y con el medio acuático. Es como otra forma de meditar a la vez que hago deporte.  Me concentro en los largos que llevo, voy contando uno a uno los mismos y me concentro en mi técnica, en mis movimientos, y aunque mi mente se distrae pensando en cualquier cosa, sigo nadando.  El contacto con  el agua es una sensación súper terapéutica. 

Llegué a nadar, todavía con ciento diez kilos de peso, una hora y tres cuartos en la piscina, haciendo ciento noventa largos, o sea, cuatro mil setecientos cincuenta metros. Para mí era todo un logro, pero no me costaba: ¡me encantaba!  Los monitores de la piscina de Getafe y Samuel alucinaban con las horas que le echaba a nadar.  He estado tantas horas nadando porque en el agua me encontraba en paz; todos mis problemas, todas mis inquietudes, todo mi dolor, todo mi sufrimiento, se disolvían  en el agua y mientras permanecía en ella todo era tranquilidad, belleza, calma, sosiego y disfrute. Y aunque  al salir de la piscina mi realidad volvía a golpear mi mente,  era más liviana, más llevadera qué antes de entrar en la piscina;  y así día tras día. Cada vez mi realidad era menos pesada,  nadar la convertía en algo más ligero, en algo perfectamente asumible.

 En 2017 llegué a hacer una travesía a nado desde Lanzarote a  La Graciosa, tardando una hora y veinte minutos en acabar dicha prueba. Yo no sabía que la prueba era de dificultad alta por las corrientes, de hecho más de dos tercios de los participantes se retiraron. Aunque  no quedé de los primeros  tampoco lo hice mal del todo.  Fue algo alucinante,  jamás me hubiera creído capaz de hacer algo así,  pues la negritud del mar me daba mucho miedo y  el haber visto de niño la película Tiburón, de Steven Spielberg, también me hacía sentir bastante pánico a los tiburones. Me enteré antes de hacer la prueba que las Islas Canarias son  zona de tránsito de todo tipo de tiburones, incluso de tiburones blancos, pero esto no impidió que me lanzará a por este sueño que quería realizar… y lo conseguí. Fue extraño porque al acabar, del cansancio que qué tenía me tiré tres días sin ganas de volver a nadar pensando con cierto miedo que había perdido las ganas de nadar para siempre;  como si hubiera acabado empachado de nadar; pero creo que fue por la dureza de la travesía y de los dolores de hombros, espalda y cuello que tuvo esos tres días.  Imagino que un corredor de maratón después de una maratón se tirará también varios   días también sin querer saber nada de lo que es correr.  Pasados estos tres días estaba deseando  volver a nadar y así lo hice.

Este verano he llegado a nadar dos horas (cinco kilómetros y cuatrocientos metros) en el embalse de Picadas con el agua a trece o catorce grados (con neopreno, eso sí), y ha sido otro de los días más felices de mi vida. A pesar de solo dormir cuatro horas el día antes, nadé a muy buen ritmo, al ritmo de los más rápidos y eso que yo no soy demasiado rápido nadando, aunque últimamente entreno para mejorar mi velocidad de cara a nadar largas travesías.

Llevo dos años apuntado a la travesía de Bermeo (Vizcaya) de cinco kilómetros, y que el año pasado se suspendió por la pandemia. Este año  espero poder hacerla. Me encantaría hacer más travesías y de más kilómetros si mis hombros me lo permiten. También me he planteado como un sueño,  pero un sueño que sé que cumpliré, el nadar algún día entre tiburones blancos (sin jaula) en Sudáfrica, como Pablo Fernández,  nadador español de largas travesías.

  No sólo hago natación pero sí que es lo que más practico pues es mi deporte preferido, aunque siempre había sido el fútbol, de pequeño jugaba a todas horas. Soñaba con ser futbolista.  Pero la tabla de salvación en la que se convirtió la natación en uno de los momentos más duros de mi vida derrocó al fútbol en la primera posición como deporte preferido.  No concibo la vida sin la natación,  pues ella me salvó de la desesperación, del sufrimiento, de la angustia, de la depresión y me devolvió la ilusión por vivir y por eso le estoy tan agradecido.

4/ El presente

He aprendido  que mi único camino para ser feliz pasa por quererme por completo. Procuro llevar una vida lo más saludable posible, sin nada de drogas ni alcohol,  y practicando  deporte cinco días a la semana  como pilar fundamental para mi bienestar mental, emocional, físico y espiritual. Cuido mucho la alimentación, hasta el punto de que, antes de hacerme vegano, contraté a un nutricionista un mes gastándome ciento setenta euros de mi propio bolsillo sin estar trabajando. También medito (llevo unos ocho o nueve meses) para gestionar la ansiedad.

Hace unos pocos meses decidí dar a conocer públicamente mi esquizofrenia como obligación autoimpuesta y asumida conscientemente, sin miedo, sin sentir que es una carga, si no que lo hago gustoso por todos los esquizofrénicos que no tienen voz ni fuerza para luchar por la desestigmatización de la esquizofrenia y por todos los que se suicidan y se han suicidado por ella.

Lo hago por una sociedad totalmente inclusiva  y empática y por el convencimiento de que hasta que esto no se consiga, no tendremos una sociedad completamente sana mentalmente. En realidad, echando la vista atrás, la visibilización de mi esquizofrenia es algo que he hecho desde que me dio el brote psicótico, pues nunca he visto nada malo en ello, ni motivo de vergüenza. Siempre he creído en la transparencia, en mostrarme tal y como soy. Pero en esta sociedad de máscaras y corazas es algo que chirría. No es problema mío que la mayoría de la gente enfoque todo desde su ego, sin amplitud de miras, sin una mente abierta. Jamás traicionaré mi verdadera esencia pase lo que pase y le pese a quien le pese.

En los últimos meses he llevado a cabo varios proyectos encaminados a esta tarea de dar a conocer mi esquizofrenia como forma de lucha contra su estigma. De entre todos ellos, destacaría mi entrevista en YouTube, conducida por Estefanía Galera.

5/ Agradecimientos

Quiero dedicar este testimonio a todos los trabajadores del Hospital de Día José Germain de Leganés: a Yolanda, a Josefina, a Julia, a Pilar y a los celadores. También a todos los profesionales del Centro de Rehabilitación Laboral de Getafe: a Dani, a Teresa, a Loli, a Pilar, a Mercedes y Yolanda, y en especial a Kike y a Miryam.  A mi ex-psiquiatra Pilar Rico, a Silvia Vidal, a Estefanía Galera y, por último,  a mi gran profesora y mejor persona Carmen del Olmo, por darme la libertad absoluta de hacer el trabajo sobre la esquizofrenia que yo quería hacer y no el que “debería” haber hecho.

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